Un tal Vladimir

      Este cuento, forma parte del libro: Ň La venganza de Anastasia y otros cuentosÓ, y es archivado en el sitio de Internet correspondiente a Col—n, porque contiene parte de la historia del castillo de Idiarte Borda.

 

            Mas bien alto, de pelo ondeado, delgado y de piernas fuertes, que lo llevaban c—modamente esquivando las baldosas rotas, caminaba Vladimir por la vereda de la Avenida Lezica, de la ciudad de Col—n, en, el departamento de Montevideo, a doce quil—metros del centro de la capital uruguaya, por entre dos h ileras de  gruesos eucaliptos centenarios, que resbalaban sus ra’ces por debajo de las baldosas. Un bolso negro colgado del hombro, llevaba dentro una pala de mango enroscable, una linterna, un metro, y una manzana. Tom— la manzana, la lustr— contra el pantal—n, y le clav— los dientes, con mas nervios que apetito, porque hab’a quedado nervioso, a causa de una fugaz conversaci—n con

Madel—n, una vecina de la infancia que siempre lo hab’a atra’do, pero el nunca se hab’a animado a hablarle de amor. La conversaci—n hab’a sido corta pero intensa, cada palabra pensada, medida, sentida, emocionante y jugosa, como la manzana que iba comiendo. A medida que caminaba, la pala le iba golpeando la espalda, como felicit‡ndolo, y haciŽndole acordar que el hab’a venido con la intenci—n de buscar y desenterrar, el diario de su padre, que tambiŽn se llamaba Vladimir. El diario estaba enterrado en el monte de la francesa, que es el nombre que le dan al lugar, los vecinos del Parque Giot, ya que la francesa que lo don—, se llamaba Margarita Giot.

          Cuando muri— su padre, Vladimir enterr— bien acondicionados, unos manuscritos en hojas sueltas y un cuaderno negro, que conten’an escritos en idioma ruso, que el no entend’a, pero que por respeto al lugar que hab’a elegido su progenitor, para vivir morir, consider— bueno que  quedaran all’, y eligi— un lugar, a tres metros  al sur del viejo roble, en el centro del parque.  De pronto lo invadi— una duda, Ŕser’an tres metros o ser’an tres pasos? ÁHab’a pasado tanto tiempo!

            Vladimir tir— el centro de la manzana, y con Žl, tir— la duda. Si no era una cosa, era la otra, y en el peor de los casos, har’a dos pozos.

             Acerc‡ndose a la esquina de Iturbe, la calle que lleva el nombre de la poblaci—n paraguaya donde se fabrica el tejido de –andut’, Volodia levant— la vista hacia las copas de los ‡rboles, mientras un viento silencioso hamacaba las ramas en un vaivŽn suave y constante.

            Por encima, se arrastraban copos de nubes lentamente espiando su marcha, y el ni cuenta se dio que ellas lo miraban con la curiosidad ingenua que transmite el blanco de la pureza, que parec’a m‡s blanco aśn, con la luz del sol atravesando sus cuerpos n’veos. El frescor de la brisa, que llenaba lo m‡s posible sus asm‡ticos pulmones, embriagaba sus pensamientos, caus‡ndole embates de imaginaci—n, e ideas en desorden, un desorden propio de una era convulsionada, en la que le toc— por destino vivir.

            Por esta zona, se ven grandes residencias, algunas antiguas, y otras no tanto, casi todas bien cuidadas, evidenciando una esquina aristocr‡tica del barrio, con jardines algunos, tapados de pedregullo, como para no preocuparse por ellos, pero la mayor’a aśn luchando por sobrevivir, tratando de decorar las mansiones segśn el status de sus moradores, o el tiempo que dispongan para embellecerlos.

            Vladimir  vio uno a la izquierda, con jardiner’a bohemia, pero se notaba que en un pasado no muy lejano, alguien se preocupaba por ella, ya que hab’an palitos, que sirvieron de bastones a los petisos rosales, que las hormigas o la falta de agua, los acababa de secar.

            Al lado hay una casa estilo italiano, con una frase en lat’n grabada en la fachada: "Hortus conclusus". Perteneci— a un abogado y veterinario, llamado Rafael Mu–oz Ximenez y su se–ora esposa, la poetisa Mar’a Carmen Izcua Barbat de Mu–oz,

que a principios de siglo, organizaba pe–as literarias en su casa, a la que asist’an escritores en boga de la Žpoca.

            Miguel supone entonces, que deber’an haber estado los vecinos de la villa que eran escritores en esos a–os, como Carlos Reyles, que ten’a su campo en Melilla, barrio del oeste, y gustaba de allegarse a Col—n, en sus cabalgatas de la tarde, o El’as Regules que viv’a en Sayago, barrio al sur de Col—n, y en el que tambiŽn resid’a Delmira Agustini, que con toda seguridad asist’a, Maria Eugenia Vaz Ferreira, que fue una de las precursoras de las salidas femeninas sin acompa–amiento familiar. Pero los escritores que tambiŽn eran vecinos y que Volodia dudaba que hubieran estado, eran Javier de Viana, vecino de La Paz, localidad al norte de Col—n, y del barrio Pe–arol que est‡ al este,  hubiera venido Ovidio Fern‡ndez R’os, pero el que m‡s seguro estaba Vladimir de que concurri— porque alguien se lo cont— en su infancia, era Florencio S‡nchez, que se beneficiaba del aire de Col—n para sus pulmones rayados de cicatrices, ya que como su biograf’a lo cuenta, sufri— varios derrames de sangre, que lo llevaron a la muerte en un hospital de Italia, por mil novecientos diez, siendo sus śltimas palabras: "¬QuiŽn dijo miedo?".

            Gustaba del alcohol y la pasi—n como buen taita del novecientos, pero sin pu–ales hostiles, sino plumas para escribir, ya sea en la prensa, o en sus obras teatrales, que estaban en la cśspide de la fama por esos a–os, y seguramente, le habr‡ servido este lugar, como retiro para purgarse de cuerpo y alma, del ambiente ciudadano que lo mataba.

            TambiŽn Volodia supuso que estar’a Julio Herrera y Reissig, que ven’a desde la Torre de los Panoramas de la Ciudad Vieja, al paseo de moda de aquel entonces, y por supuesto tendr’a que estar su amigo el "dandy", Enrique de las Carreras, animando con sus originalidades las veladas culturales, en las que el centro ser’a AndrŽs Giot de Badet, el hijo del fundador de Col—n, adinerado y culto, como para dar un toque atractivo a las asistentes femeninas como Delmira Agustini, cuyo temperamento pasional no dio buenos resultados al casarse con Enrique Reyes, que no entend’a de poes’a sino de celos, creando aquella dram‡tica situaci—n en la que mat— a la poetisa y se suicid—, en lo que deb’a ser su luna de miel.

            Vladimir cruza la avenida, levantando la vista despacito, hasta detenerla en una terracita de zinguer’a que se recortaba por entre el verdor de la vegetaci—n, con tonos de grises plomizos, y bajando la mirada, unas columnas gruesas sosten’an el pesado port—n de hierro forjado, que manos de obreros artistas moldearon a martillo y fragua figuras simŽtricas, coronadas con las iniciales  del due–o de aquella mansi—n que los portones majestuosamente proteg’an.

            Idiarte Borda, Presidente de la Repśblica en los a–os mil ochocientos noventa y cuatro al noventa y siete, el que sustituy— a Julio Herrera y Obes, en los a–os en que se hab’an terminado una serie de dictaduras militares: Latorre, Santos y Tajes, y en los que se acababa de inaugurar el edificio de la estaci—n Central de ferrocarriles, que proyect— el ingeniero arquitecto Luis Andreoni.

            Su ascenso luego de nerviosas rencillas pol’ticas, se acompa–— de ministros colorados como Miguel Herrera y Obes y los Juan JosŽ, D’az y Castro, as’ como Luis Pi–eyro del Campo y Federico Vidiella, Žste, vecino de Col—n. Sin embargo, los partidos Nacional y Colorados Independientes, le socavan la presidencia, termin‡ndola con aquel famoso crimen, saliendo de la Catedral Metropolitana, m‡s exacto en Sarand’ y el Cabildo, frente a una casa de decoraciones, asesinato que termin— con el ascenso de Juan Lindolfo Cuestas, que de Lindolfo no ten’a nada, ya que en un semanario se dec’a: "Contemple un momento su semblante, Áque ojos, que boca, que nariz, que cuajo'

Miradle por detr‡s y por delante, y despuŽs por arriba y por abajo. No es feo de figura y de talante, cual espantajo?"

            Estas cuatro columnas imponentes, que sostienen dos portones chicos y uno grande al centro, permit’an que por el medio, pasara el land— presidencial, tirado por seis caballos rusos, de patas peludas, blancos, grandes e impacientes, sacudiendo los plateados arneses, que aunque encandilaban los ojos del cochero hier‡tico, no lograban arrancar de su cara marm—rea, ni un solo movimiento. La lustrosa pelambre de los equinos, hac’a juego con los guantes blancos del cochero y del lacayo, que corr’a sol’cito a abrir los portones de la fantasmal mansi—n. Y as’, como una pesadilla de leyenda inglesa, pasaba el carruaje vertiginoso, ostentando los contrastes negro y blanco, coronados por las brillantes galeras forradas de piel de lobo marino, que llevaban los conductores. Los jardines de sinuosos caminos, conducen al edificio severo y pesado, que nos habla de la importancia de sus moradores. Era la fortaleza del capital, que en aquella Žpoca se hac’a y se defend’a a sangre y fuego, con conspiraciones siniestras, humo de p—lvora, cascos de caballos aplastando pasto, o herraduras chispeando sobre los adoquines ciudadanos, con sonido met‡lico, como el de los sables que se desenvainaban para obtener la raz—n.

            Pero pocas veces traspas— el lugar esa diligencia oficial, con el palafrŽn a la orden, ya que el presidente uruguayo s—lo ven’a a ver la marcha de la obra, que la empresa de Vaeza Ocampo llevaba a cabo, segśn proyecto del arquitecto Alfredo Massue, que en un neocl‡sico francŽs, curv— los techos de tejas de zinc, proyect— el mirador, terrazas y buhardillas, segśn un castillo de Francia, y el presidente uruguayo, que so–aba con este Taj Mahal para su amada esposa, solamente la pudo ver en construcci—n, porque fue asesinado un veinticinco de agosto de mil ochocientos noventa y siete, antes que la terminaran.

            Nunca pudo vivir en ella, ni el ni su esposa Mar’a Ba–os, porque cuando ella se enter— que el asesino, Avelino Arredondo, obediente de los colorados de Batlle, hab’a sido puesto en libertad y con un empleo pśblico, se fue como Artigas al ostracismo, porque no quer’a vivir en un pa’s, donde el Poder Judicial es ineficiente o venal.

            Vladi pens—, que cuando se cumplieran cien a–os del asesinato, se hiciera la justicia de dar el nombre de Idiarte Borda a la calle Iturbe, la que hab’a elegido Žl para vivir y ser feliz, pero no lo dejaron.

            El hombre que hab’a mandado construir el mejor patrimonio arquitect—nico de Col—n, era canoso, con mostachos y una frente alta como su persona. Fue hijo de un saladerista francŽs de Armendaritz, de apellido Idiart Bord‡, y de una mercedaria de la misma colectividad: Marie Soumastre, nacida en San Juan de Luz. Tuvieron que esconderse de la persecuci—n de Manuel Oribe, y sus esbirros locales, que confiscaban bienes de extranjeros, aśn mat‡ndolos. As’ fue que espa–olizaron el apellido, agreg‡ndole una E y sac‡ndole el acento. Cat—lico profundo, quer’a tener en el fondo de la mansi—n, una capilla propia, y pensaba tocar el clarinete al lado de la fuente, que iba a tener en su centro un cisne que mirara para abajo, como vigilando los peces que nadaban entre los camalotes. Quer’a tener tambiŽn un front—n de pelota vasca, deporte que Žl practicaba honrando su origen, y que le inspiraba para la lucha, porque la pelota, cuanto m‡s fuerte es el golpe que recibe, m‡s alto sube. Cuando adolescente, all‡ entre las esf’meras de Mercedes, (mariposas que viven un solo d’a),. le toc— quedar a cargo de su familia, cuando muri— Don Pierre. En la epidemia de c—lera del sesenta y siete, mor’an en Mercedes hasta cincuenta personas por d’a, y all’ se destac— Juan, curando enfermos, y enterrando a los muertos, cuando la mayor’a de la gente hu’a del contagio, y a Žl, lo saludaban desde lejos.

Ten’a veintitrŽs a–os, y se hab’a hecho colorado, inducido por la persecuci—n de Oribe a los extranjeros. Toma parte en la batalla de Manantiales en Colonia, donde muere Anacleto Medina, orbista, vencedor de la batalla de Quinteros. Idiarte Borda fue diputado por Soriano, y como l’der prestigioso lleg— a ser elegido, luego de varias asambleas calientes, para presidente.

            En aquel entonces, como el voto popular ten’a menos peso que el voto calificado, de los integrantes de la Asamblea General del Poder Legislativo, el pueblo votaba a los legisladores, y Žstos al Presidente de la Repśblica. Este sistema, dur— hasta mil novecientos veintitrŽs, en que se reform— la Constituci—n, y se cambi— la "Influencia Directriz" o caudillismo abierto, por el sistema actual, en que tambiŽn se practica el caudillismo, pero por lo menos el pueblo tiene opini—n.

            Al vencer en el noventa y cuatro, su primer acto de gobierno, fue nombrar a su amigo Federico Vidiella, como ministro de Hacienda, y levantaron la econom’a, creando el Banco de la Repśblica, en una gesti—n conservadora muy discutida por sus adversarios, blancos y colorados, pero que dej— cosas positivas para le Pa’s.

            Vladi miraba a su alrededor, y ve’a a los p‡jaros cuidar vigilantes sus nidos, o’a a los cuzcos defender con ladridos sus territorios, pero la otrora lujosa verja de la mansi—n, con el musgo del tiempo tapando su base, le dec’a que a ella no la cuidaban. Pens— en la cantidad de tiempo, que los alba–iles dedicaron ,al alisar las molduras y el revoque con esmero, hoy rasgu–ado, agrietado, golpeado y manchado por los a–os, mientras la reja llora su dolor, apu–alada por el herrumbre. Las notas agudas de un piano que se oye a lo lejos, lamentan el destino de esta joya arquitect—nica, y el deterioro que el barrio estaba sufriendo, y que Vladimir vino a comprobar por sus propios ojos, pensando llegar hasta el arroyo Pantanoso,  y volver por la Avenida Lanśs, al parque de la francesa Margarita Giot.

            Volodia pensaba que hay construcciones que al ser patrimonio hist—rico de toda la sociedad, deber’an estar en manos de las instituciones pśblicas que puedan mantenerlas, y pens— tambiŽn en como la familia no la pudo conservar. Pas— que Idiarte Borda, tuvo con su esposa Mar’a Ba–os, seis hijos, dos varones y cuatro ni–as, de los que Juan, muri— en Par’s en su luna de miel, Mar’a Matilde muri— joven, Celia era divorciada y sin hijos, Mar’a Ester vivi— soltera, el hermano Tulio, fue el abogado que continu— con el apellido, y su hermana Mar’a Aurelia, y tuvo ocho hijos radicados en Buenos Aires, de

apellido Goyeneche, en la misma ciudad que eligi— la abuela para vivir sus śltimos a–os.

            Vivieron en el castillo, las hermanas soltera y divorciada, dejando un testamento a nombre de su hermana Mar’a Aurelia, y sus ocho sobrinos, que fueron los śltimos de la familia que lo conservaron regular deficientemente hasta venderlo.

            En la vereda de enfrente, otra mansi—n de dos plantas con subsuelo, un ascensor para esa poca altura, y muchas piezas, salas de juego, escritorios, dormitorios, etcŽtera, estilo colonial, perteneciente a una de las familias m‡s ricas de sudamŽrica, y sin duda del Uruguay, due–os de la mayor f‡brica de cigarrillos y tabaco del pa’s, con cadena de estancias y plant’os de tabaco en Virginia y Turqu’a: los Mailhos.

            M‡s adelante, dos mansiones de los Ameglio, la mayor industria de golosinas, recordando Vladimir al se–or Grondona, paseando a caballo por el Parque de la Francesa, con aire arrogante, amable en el saludo, que repart’a a diestra y siniestra, y as’ fue llegando el paseo a la esquina de la calle CaacupŽ, que significa en guaran’, "M‡s all‡ del r’o".

            Frente a la calle CaacupŽ, sobre la vereda norte de Lezica, quedan aśn los cuatro pilares que como los de Idiarte Borda, sosten’an un port—n grande en el medio y dos chicos a los costados, m‡s chicos que los que el mismo Giot, hab’a puesto en la esquina de Lezica y Garz—n, que eran grandes como los portones de Carrasco. Aqu’, los portones fueron robados, s—lo queda el mudo y descuidado recuerdo de que ac‡ era la entrada a la mansi—n del fundador de Col—n, Don Perfecto Giot. Ya no queda nada de la mansi—n y sus jardines babil—nicos, que colgaban en terrazas de madera, que el tiempo destruy—. Por este port—n pas— alguna vez, escapada quiz‡s, la rom‡ntica escritora de Sayago, respirando agitadamente el aire de la avenida de eucaliptos, inspir‡ndose para sus poes’as er—ticas, que aśn hoy se admiran, en una Žpoca menos rom‡ntica y m‡s apurada que la que vivieron AndrŽs Giot de Badet y ella. Por este port—n pas— tambiŽn Josefina Baker, la famosa cantante norteamericana, radicada en Par’s en los a–os de la primera guerra mundial, que invitada por AndrŽs, que viajaba a Par’s asiduamente, y con seguridad, al estallar la guerra, la invit— a este lugar alejado del mundo, a respirar paz, y no o’r bombas, ni oler carne quemada, oyendo benteveos, palomas, horneros, gorriones y oliendo flores, eucaliptos y ‡rboles frutales,  disfrutando el perfume de fresas, junquillos, libustrillos  y jazmines.

            Fueron los mejores a–os de Col—n, ya formada como villa, disfrutaba de los beneficios econ—micos que la guerra le daba al Uruguay, que exportaba extracto de carne, lana industrializada, corned beef enlatado, latitas de patŽ, quesos y harina, que Europa no estaba en condiciones de producir. Por esos mismos momentos,  mientras el padre de Vladimir, perd’a  sangre en la frontera ruso polaca, luchando contra el ejŽrcito alem‡n, mientras Granados y De Falla, tocaban mśsica de su compatriota AlbŽniz, fallecido en el novecientos nueve, la tranquilidad sobraba en este lugar.

            Un camino largo y angosto, de pedregullo, iba del port—n al norte, y  Volodia se acord—  que en la bajada del camino, al lado de un arroyito,  hab’a una tumba con cruz de hierro forjado, como las  que se encuentran en algunos caminos del campo, o en antiguos cementerios. Dicen que pertenec’a a una criada de la familia Giot.  TambiŽn quer’a ver,la sucesi—n de arcos de ladrillo, con una torrecita, que mand— hacer el due–o del predio que compr— a AndrŽs la propiedad, de apellido Pitamiglio, aquel hombre rico que ten’a su casa en la rambla de Trouville, en el  barrio Pocitos de Montevideo, y el castillo en el cerro el balneario Las Flores, lleno de estatuas.

            Acort— lentamente los pasos hasta el lugar de la tumba, y una fea sensaci—n de asco y rabia se apoder— de su pecho, la tumba hab’a sido profanada, no hab’a cruz, y en el lugar un pozo. Seguramente, buscaban joyas o algśn diente de oro, los bichicomes que se estaban apoderando del barrio.

            Los arcos, que estaban perfectamente hechos con ladrillos de prensa, hab’an sido demolidos, quedando s—lo la torrecita, los ladrillos fueron vendidos por el ladr—n  que viv’a en esa calle. Por la vereda sur, ahora ve’a casas, pero en su infancia, estaba la cancha de fśtbol llamada "For Ever", al lado del hotel internacional, edificio en una planta, con techado de chapas de zinc, un porche largo cubierto de glicinas, que con sus racimos de florcitas violetas, perfumaban el aire, al mismo tiempo, se ol’an jazmines del pa’s, que tambiŽn se enredaban en los postes del alero de aquella arquitectura inglesa.

            Vladimir hab’a visto jugar a los campeones mundiales del cincuenta, y recordaba, como el puntero Eusebio Vidal, al que le dec’an el patrullero, se ca’a sobre la gente que miraba desde la l’nea del corner, porque la cancha le resultaba chica. TambiŽn se hac’an espect‡culos culturales y simulacros de incendios, por bomberos y polic’as que tra’an sus perros amaestrados.

            En esta parte que Volodia recorre, se nota, a travŽs de la exhuberancia de los vegetales, que es un bajo, pr—ximo al arroyo Pantanoso. Decenas de p‡jaros de varias clases: mixtos, dorados, ratoneras, tordos y tijeretas, una pajarera sin alambres, marcan el lugar donde hab’a un hotel con sal—n de tŽ, donde por la tarde, ven’an las familias del centro de la Capital, y los extranjeros radicados en el barrio, principalmente los ingleses, que segu’an la rigurosa tradici—n del tŽ, a las cinco en punto de la tarde. El hotel se llamaba Tea Garden, aunque Vladimirito lo conoci— con el nombre de Montecarlo. Las mesas bajo un gran alero, estaban a escasos metros del arroyo, que por supuesto, no ol’a mal como ahora. y en el arroyo, se alquilaban botes que remaba Don Francisco y su ayudante Valeri, que trajeados y con sombrero, deslizaban los botes como gondoleros, por debajo del puente de la Avenida Lezica, lugar que sirvi— a muchas parejas,  para darse el primer beso, a escondidas de los padres, que mientras, tomaban tŽ.

            A este lugar le llamaban "La Venecia del Pantanoso". La zona navegable terminaba unos cincuenta metros abajo, hacia Lanśs, donde hab’a una represa de madera dura, en forma de guillotina, entre dos muros de piedra.

            Por aquella Žpoca, el arroyo era m‡s ancho y profundo, pero los desmoronamientos de la Patria, y las casas que empezaron aconstruirse en sus riberas, que tiraban el agua sucia, hicieron que s—lo puedan navegar las hormigas, sobre balsas de hojas de pl‡tano, que Vladimir se detuvo a mirar, apoyado en la baranda estilo francŽs, que la gente mal educada ya  empezaba a romper. Los papeles, bolsas de pl‡stico, latas, esperaban que viniera la lluvia, para continuar su viaje hacia la bah’a de Montevideo, una lluvia que aumentaba el caudal, como para que el Pantanoso merezca aśn figurar en el mapa del departamento

            En las orillas del arroyo que Vladi hab’a venido a ver, porque quer’a comprobar con sus propios ojos, cual era el progreso que en cien a–os, hab’a tenido el lugar, se empezaban a ver algunas casas de latas herrumbradas, que escond’an familias empujadas por la miseria, una callecita, tan sinuosa como el Pantanoso, lo llev— a una casa abandonada, con un par de escalones de madera y dos columnas que hab’an sido blancas, que daban un se–orial marco al porche, en el que se reun’an las visitas de la familia Mart’nez, para tomar el tŽ a la inglesa. Al lado, una casona estilo normando, construida por un inglŽs, de los fundadores del ferrocarril, que por supuesto, no ten’a problemas econ—micos, y eligi— para hacer su hogar, el mejor lugar de Montevideo, para aquella Žpoca.

            Pero despuŽs, la hija, prefiri— la costa del mar, y exigi— la venta por la mitad del precio que val’a, compr‡ndola un general, que asent— all’ su familia, hoy testigos del descenso urban’stico del barrio.

            Doblando a la izquierda, por la calle Lanśs, volvi— Vladimir  a cruzar otro puente m‡s sencillo que el anterior, y debajo el agua estancada, serv’a de criadero de mosquitos. ­Si la viera el comisario Roba! Antiguamente, era de orden que hubiera un comisario de salubridad, con ayudante y todo. Aquel funcionario, ten’a un ayudante temible, al que le dec’an el Peludo Garc’a. ÁGuay con el que tirara agua sucia!

            Eran los tiempos del sargento Rivero, que muri— apu–alado entre varios malandras. Se lo pod’a ubicar por los alrededores de la Tablada, śltimo reducto de los troperos que se arrimaban con el ganado a la capital, por el camino de las tropas.

Se oye un saludo de campa–a: ­Ave Mar’a pur’sima!. ­Sin pecado concebida!, contesta una voz femenina desde atr‡s de una cortina de bolsa de un rancho. Perritos y ni–os, corren por doquier, rompiendo el silencio que la vegetaci—n impone. Pasa al lado de Volodia un carro de tablas de cajones, con ruedas de rulemanes usados, las barandas torcidas como dos brazos abiertos que quisieran sostener toda la carga que los arrebasa; cartones, papeles, botellas, trapos y metales. Ya se viene la noche, y atr‡s del carro un hombre que lo empuja, quiere llegar a su rancho, para salir de nuevo. - "Va cargado, eh?" le dice Vladimir - "Y... se labura lindo", contesta el hombre, no se sabe si quej‡ndose u orgulloso. -"Mire que se tiran cosas ¬eh?" le dice Volodia. - "Si se tirar‡: ahora nos embrom— el gobierno, ¬sabe?. Fij— el precio del bronce, m‡s barato que antes. ­QuŽ se le va a hacer! Pero yo no me preocupo! Estoy seguro que va a subir el d—lar, y van a tener que subir el bronce. Por eso ahora no conviene vender. Yo lo guardo adentro de casa, para que no me lo afanen, y cuando suba, lo vendo." - "Entonces usted tiene los mismos problemas que los industriales", le dice Vladimir.- "Y s’, m‡s bien que los comerciantes", le responde el hombre. - "Cada cual se las rebusca como puede. ¬Usted es cat—lico?" - "No tengo religi—n", le contest— Vladi. - "Ah! Porque ac‡ vienen a preguntar cosas, y al final, le salen con la pol’tica". - "No, yo ando paseando, recordando cosas. Porque yo me criŽ por estos pagos. ¬Sabe?. Bueno, ­Chau hermano!" le dijo y sigui— el camino.

Vladimir se qued— pensando en como la miseria econ—mica, trae miseria moral.

Continu— su marcha calle arriba, hacia el monte de la francesa.

            Cuando Vladito comenz— a subir la cuesta de la calle Lanśs bolso en mano, a paso cansado, un auto que de atr‡s ven’a, lo hizo subir al cord—n de la vereda, mejor dicho al cord—n, porque vereda no hab’a. Frente a Žl, a ambos lados de la calle, unos vetustos edificios de dos plantas y mucha altura, que hab’an sido hospital de dementes y tuberculosos a principios de siglo, ten’an nombres de santos: Santa F‡tima y San Antonio, ya que al que se llamaba Don Bosco lo hab’an demolido. Eran el grupo del sanatorio Montevideo, que tambiŽn albergaba leprosos, antes que el Ministerio de Salud Pśblica

creara el hospital de Hansenianos.

Estaban rodeados de altos eucaliptos, por los que se vi— correr la sombre de una comadreja, que al atardecer sal’a de su cueva, exponiŽndose por un segundo al reflejo del cielo, para refugiarse en la negrura de la oscuridad, buscando confundirse con cada sombra, para ocultar su soledad.

Vladimir esboz— una sonrisa comprensiva, Žl tambiŽn era un ser viviente, que a veces se proteg’a en la oscuridad conocida, ante las luces extra–as.

Las nubes pasaban cubriendo la cara redonda y blanca de la luna, sobre el cielo que era de un cristal azul plateado, mientras otro reflejo plateado sobre la calle, m‡s el ruido

ciudadano de un motor acelerado que empezaba a detenerse, le dieron la pauta a Volodia que volv’a el auto de  Madel—n.

Ella entrepar— el motor, y lo llam— con voz coqueta:

"Vladimir!". El por segundos se hizo el sordo, para volver a o’r su nombre, dicho por aquellos labios redonditos, y por aquella voz, que aunque algo grave, bien femenina. Se sent’a m‡s ganador oyendo su nombre otra vez. Ella pens— que realmente no hab’a sido o’da, porque estaba dentro del veh’culo, y se inclin— abriendo m‡s la ventanilla: "­Vladimir, te llevo!"

Aunque estaba a s—lo dos cuadras. Vladi sinti— una taquicardia, que s—lo pudo curar con suspiros, mientras la mente le trabajaba r‡pido Žl no hablaba. Subi— al veh’culo y sonri— con alegr’a, una sonrisa m‡s elocuente que un discurso.

Dentro del auto, no se sent’a la brisa azul propia de agosto, y la radio cantaba un tango con voz femenina, recia y maternal. El viaje fue muy corto, y la conductora lo prolong— unos metros m‡s, al borde del parque, hasta parar cerca de un ‡rbol ca’do, que amontonaba en su tronco grueso, toda la muerte que lo hab’a invadido. Los acordes intensos y agudos de los tangos que sal’an del auto, eran acompa–ados por la percusi—n vital de los corazones agitados. La punta de la tarde oxidada por el invierno, mostraba unas pinceladas horizontales de color naranja y amarillo, que se reflejaban en los ojos de Madel—n, en un color miel brillante, entusiasmados por un amor que comenzaba. Ella se rebelaba ante las formalidades de la sociedad, y por un momento pens— en lo que iba a hacer, y en los frenos que su condici—n social le impon’a, una condici—n que ella necesitaba, pero que no quer’a.

Le fastidiaban las frivolidades de sus amigas y los ditirambos de sus amigos, esa mentalidad gregaria sin contenido, con frases llenas de floripondios, y actitudes controladas por la conveniencia clasista, gente que se preocupaba m‡s por la limpieza de sus mansiones que por la de sus almas.

- ­No sŽ por quŽ estoy aqu’!, dijo Madel—n con voz apagada y viendo como Vladimir se le acercaba cada vez m‡s.

- Ser‡ que uno no se propone enamorarse, sino que se descubre enamorado. ¬no crees?. Y se acerc— lentamente a curar los nervios de ambos, con unos besos gordos y durables, que la llevaron a un poco de locura que es amor.

Sent’a como el vŽrtigo de un astronauta que viene volando al revŽs y no se da cuenta, porque all’ no existe ni el arriba, ni el abajo. Los ojos de Madel—n, transparentes como la

franqueza , lloraron las primeras gotas de pasi—n y de gloria, y se transform— aunque sea por un breve tiempo, en una mujer total. Le brot— el tapado instinto de la especia humana. Le hab’a llegado la hora m‡gica del placer gozoso, y su cuerpo femenino generoso, en el que todo germina y da flores de amor, recibi— una gota de roc’o en la rosa abierta de esa mujer liberal, en una Žpoca sin desconfianza. Entonces la relaci—n cambi— abruptamente.

Ella reciŽn empez— a pensar, que hab’a estado con alguien casi desconocido, y sali— precipitadamente del auto, sent‡ndose en el tronco y mirando hacia la ca–ada, cuyos matorrales serpenteaban sus orillas, mientras la luz serena, rebotaba sobre el oleaje oscuro de la vegetaci—n.

La noche comenzaba a envolver todo cubriendo con misterio el parque, y esperando en vano que los grillos dejaran de hacer sonar sus mon—tonos cencerros. Una nube loca, pas— salpicando fr’as gotas que pinchaban la piel.

De pronto Madel—n se abraz— fuertemente del cuello deVladimir y le dio el beso de despedida, apasionado y largo, como para recordarlo toda la vida. -­Nos vemos!, dijo ella, dirigiŽndose r‡pidamente al volante.

-         ¬Cu‡ndo?, pregunt— Vladimir, al tiempo que el motor arrancaba.-

-          ­Pronto!, contest— ella, acelerando el veh’culo, y alej‡ndose vertiginosamente.

Vladimir comprendi— que ese "pronto" era nunca, porque ninguno de los dos sab’a donde encontrar al otro. Mirando por donde se iba el auto, trag‡ndose el nudo de la garganta, y apoyando la mano sobre el bolso que estaba en el tronco, qued— con la mirada perdida. Cuando record— a que ven’a, comenz— a arrastrar los pies, arrastr‡ndose as’, las ganas de seguir, y empez— a recorrer el fr’o camino de la soledad. Caminaba erguido de amor propio, y aunque llevaba un bolso liviano, en ese momento le pesaba como si llevara cemento. Se dirigi— al centro del parque, en busca del viejo roble, pero el ‡rbol ya no estaba, porque la cuadrilla municipal, le hab’a cortado su tronco, para llev‡rselo quien sabe a quien.

Sac— del bolso una linterna, y encontr— con ella, la ra’z de su querido roble, que todav’a exist’a, como una muela cariada, prendido del suelo, agarrado de la pacha mama o tierra madre, hasta que el tiempo no lo arranque. Tres metros al sur, era el punto. Sac— del bolso la pala pocera, enrosc— su mango de ca–o roscado, y empez— a hundir el filo en la fŽrtil tierra negra de Col—n, buscando tocar una piedra que no aparec’a.

Corrigi— la medida con el metro, que tambiŽn ven’a en el bolso, y entonces vio la punta de una piedra que asomaba entre el pasto, y que la erosi—n hab’a desenterrado. Clav— la pala

bajo la roca, y Žsta se movi—. Debajo estaba el paquete, envuelto en nylon varias veces y la śltima envoltura, de papel de plomo, recubr’a una caja met‡lica, ya poco engrasada, ferrujienta, y muy dif’cil de destapar. Dentro de ella, bastante bien conservado, pero algo hśmedo, otro paquete que apenas cab’a en la lata. Desat— el hilo, y abri— el paquete, sacando tres cuadernos de tapa negra, unas hojas sueltas y una cruz de hierro de la primera guerra mundial, en la que se le’a: "Galipoli, 1918", en letras cir’licas.

Sec— el sudor de su mano en el pantal—n, desenrosc— la pala, y recogi— todo coloc‡ndolo en el bolso, dirigiŽndose a un tronco que oficiaba de banco, arrecostado en un eucaliptus que le sirvi— de respaldo, e intent— leer el contenido de los cuadernos, ayudado por la linterna.. La humedad de condensaci—n, hab’a pegado las hojas, que se romp’an s—lo de tocarlas. Las fechas eran correlativas, pero deb’a llamarse mensuario y no diario, porque entre un d’a y otro, hab’an

pasado muchos d’as almanaque. Vladimir pens— que era l—gico, ya que trabajando en otras cosas, es dif’cil escribir un diario todos los d’as, o no hay tiempo, o no pasa nada importante, y en cuanto a la etapa de la vida en que se hace el trabajo, pens— en que cuando se es joven, falta la constancia, cuando se es mayor, falta el tiempo y cuando se es anciano, falta el entusiasmo, o se olvidan las cosas, pero lo consideraba śtil, para ver que decisiones se toman en momentos dif’ciles, que pasa en otras Žpocas y que resultados hist—ricos se vieron a travŽs del tiempo.

En el primer cuaderno dec’a: "Diario de Vladimir Mijailovich Isheieff, ex oficial del Estado Mayor del EjŽrcito Ruso Blanco, evacuado de Crimea por orden del General’simo Bar—n Vrangel, hacia Galipoli, en 1918, y despuŽs desmovilizado. Marzo de 1959.

Razones del porque de este Diario. Parecer’a m‡s extra–o, empezar a llevar un diario personal, despuŽs de setenta y dos a–os de vida, edad que margina con la etapa del camino hacia la śltima morada. Posiblemente sea el deseo de dejar en el ocaso de mi vida algo śtil, especie de legado, a los que no han experimentado la etapa que nos acerca al final de nuestra existencia, hacia el Reinado de Dios. Las generaciones j—venes, pasan su tiempo en ambientes colectivos, como escuelas, clubes, universidades, etc., las maduras en oficinas, f‡bricas, ocupados todos por sus intereses, que les resultan atractivos y necesarios, relacion‡ndose con gente activa y productora, todos corriendo atr‡s del status, o de la subsistencia.. En la vejez, nos quedan los hogares de ancianos o clubes de la tercera edad, porque la comunicaci—n es lo śnico que nos hace falta, a los que tenemos la categor’a de viejos. El di‡logo utilitario, las observaciones con experiencia, de los m‡s informados y altruistas hacia los que quieran aprovechar la experiencia ajena para ahorrar tiempo, sudor y l‡grimas, es lo que hay que dejar en algo escrito.

Seguidamente, un minucioso an‡lisis de la salud, desde la infancia, hasta el momento de escribir el diario, de interŽs para estudiantes de medicina, hicieron que Miguel salteara algunas hojas, hasta encontrar una descripci—n del origen familiar, que le result— original, aunque el ya supiera bastante.

Estaba escrito en hojas sueltas, y dec’a que el padre de Vladimir, hab’a nacido cerca de Moscś, en una estancia al este de la capital, justo en el pantano que da origen al r’o Alater, afluente principal del r’o Maskva o Moscś, y en una elevaci—n cercana, rodeada de altos ‡rboles de hojas blancas, abedules y ‡lamos, pinos y algśn roble, construyeron una s—lida casa de troncos, sobre cimientos de piedra ahogada, techado con pizarra, esa piedra chata, oscura, que se superpone atada con alambres de cobre, sobre un maderamen de listones, montados en forma escalonada, para que no entre el agua. Dentro del hogar, una estufa de ladrillos en forma de gruesa columna, y alimentada a le–a, calienta, desde el centro de la casa todos los ambientes. El mobiliario, de madera repujada, estilo renacimiento, cortinados gruesos con flecos y cuerdas doradas, un samovar en el centro de la mesa, al que ya le hab’a desconectado la chimenea, y manten’a con sus brasas, el agua caliente que se saca por la canilla, y en una esquina de la sala de estar, la que est‡ orientada al este, por donde se levanta el sol, un icono con la imagen de Jesucristo, teniendo en su mano una Biblia abierta, con escrituras en hebreo antiguo, un icono pintado con ese amor que trasuntan los rasgos de la cara divina, que las manos de un artista, evidentemente feligrŽs, hab’a pintado. Alrededor del samovar, de bronce blanco, algunas tazas de porcelana fina, esperando ser llenadas de tŽ, un pastel de miel, y bizcochitos de menta, blancos como la nieve, a los que se le pod’a poner mermelada de frutillas, que espera ser comida, en un bols chino de la dinast’a tang, y una cucharita de plata con las iniciales de la familia, repujada en su mango. En la casa vive una princesa de origen t‡rtaro, llamada Serafina Ischeff, y su esposo, un militar de alto grado, Mijail Alexeievich Isheieff, con cinco hijos: Sof’a, Vera, Eugenio, Vadim y Vladimir, este śltimo, el menor de los varones, que concurre al colegio militar, como corresponde al hijo de un coronel.

Vladimir, hab’a nacido en mil ochocientos ochenta y siete, en ese citado lugar, del departamento de Tambov. DespuŽs de cursar la Escuela Imperial, a la que s—lo asist’an familias de la nobleza, pasa al Liceo militar Alexandrov, desde donde parte en mil novecientos siete, a la guerra contra Jap—n, en la Divisi—n Probrayensky, y en mil novecientos nueve, es trasladado a la Guardia Imperial, del palacio de los zares, al tiempo que cumple tareas de inspecci—n en asuntos de reforma agraria, o redistribuci—n de tierras de bajo rendimiento. Para cuando estalla la guerra del catorce, Vladimir Mijailovich, es abogado, catedr‡tico de idioma ruso en el liceo militar, y Mayor en el batall—n de la Guardia Imperial. La influencia familiar, pretende en vano, convencer a su hijo y evitar que

el destino asignado al militar de alto rango, fuera el frente de Polonia, en la lucha contra los alemanes, que estaba cobrando muchas vidas. Vladimir, empero, aduciendo derechos constitucionales que conoc’a como abogado, consigue el permiso de ir al frente, donde es condecorado por salvar a su regimiento de una emboscada, sin sufrir bajas, y en una de las

batallas, recibe un balazo, que le atraviesa el muslo, sin romper la vena principal ni el fŽmur, dej‡ndole dos orificios, de entrada y salida. Otro d’a negro, recibe un trozo de metal

de obśs, que se le incrusta en el centro de la nuca, lo operan en la carpa de primeros auxilios, y lo acuestan en la carpa de los desahuciados. A la ma–ana siguiente, despierta tan

repuesto, que se olvida de la herida recibida, y despuŽs de sentarse un rato al borde de la camilla para recobrar el equilibrio, sale caminando de la carpa, al frescor de la intemperie, lo que produce la l—gica conmoci—n entre las enfermeras. Curado, pasa nuevamente al frente, y esta vez recibe gases venenosos que contaminan su cuerpo, debiendo retirarse a la retaguardia, donde por prescripci—n mŽdica, lo mandan a las aguas termales de Narz‡n, con barro de azufre, por los montes del C‡ucaso. En mil novecientos diecisiete, estando nuevamente en el frente polaco, estalla la revoluci—n de octubre, y es llamado a defender al zar, como correspond’a a su Divisi—n, pero llegan tarde, o mejor dicho no llegan, porque al acercarse a Moscś, se enteran que ya hab’an tomado el poder los revolucionarios, lo que hace que las autoridades militares comiencen a discutir temas ideol—gicos, presionados por las bases, que tienen dos bandos bien definidos: los que est‡n con el zar, y los que est‡n con la revoluci—n. Debiendo la oficialidad, resolver el problema, optan por dividirse en dos direcciones para no entablar una lucha fratricida. Los revolucionarios ir‡n hacia el norte, los fieles al zar, hacia el sur. Al mayor Vladimir Mijailovich, el destino, y las noticias que le llegan de su familia, asesinada por los trotskistas, que incendiaron la "dacha" y destruyeron cuanta cosa de valor encontraron, lo llevaron al sur, repleg‡ndose sus milicias, hasta ocupar la pen’nsula de Crimea, sobre le Mar Negro. Le surge una oportunidad de ir solo a su casa, hacia donde se dirige presuroso para comprobar por s’ mismo, la noticia que lo aflige, viendo al llegar, un cuadro tŽtrico, de cenizas y escombros, tumbas de fieles allegados a la familia, no apareciendo rastro de sus padres y hermanos, dos de los cuales, eran militares. Los vecinos del lugar, no quisieron hablar, atemorizados, y s—lo le dieron el pŽsame, explic‡ndole que los trotskistas incendiaron tambiŽn, la f‡brica de alcohol de madera que hab’a en sus terrenos, aduciendo que eran bienes de la odiada burgues’a, y no del pueblo. Volvi— al lugar donde se encontraba el ejŽrcito de los rusos blancos, que en situaci—n comprometida manten’an la Pen’nsula de Crimea, y su puerto Sebastopol, desde donde emprendieron la traves’a del mar Negro, al otrascismo, hasta el primer muelle que las olas trajeran, que fue Galipoli en los Dardanelos, lugar en donde se distribuy— el poco dinero que tra’an los soldados, en forma equitativa, sin distinci—n de grado, y se hicieron una cruz de hierro y un anillo igual, con el nśmero de militar impreso y la palabra Galipoli 1918, amuletos que conten’an un s’mbolo de ayuda mutua, un juramento de apoyo incondicional a quien tuviera el anillo o la cruz, fuera de la Patria, en cualquier conf’n del mundo, y ese juramento deb’a servir para ayudar tambiŽn a los hijos, siempre que se reconocieran por medio de dichos amuletos. Y as’ fue que se desparramaron por el mundo, empezando Vladimir por Yugoeslavia, donde se cas— por primera vez, llenando as’ el vac’o de su coraz—n apretado por la tristeza. Y fue su primer amor, su primer luna de miel, interrumpida abruptamente por la muerte implacable que aparece cuando nadie la espera, llev‡ndose a su amada que muri— de pulmon’a en ese crudo invierno.

Huy— de Yugoeslavia, como antes de Moscś, huye de la mala suerte, del negro destino, de los tristes recuerdos, y se casa por segunda vez en BŽlgica, como para tratar de olvidar. Nace una hija, que bautiza Sof’a, pero su amor ya estaba quemado en Yugoeslavia, y sin el amor, sobrevino el divorcio. Viaja a Francia, Inglaterra y vuelve a Par’s de nuevo, en busca de trabajo y futuro, pero la capital est‡ saturada de rusos que salieron antes, que tomaron todos los puestos de trabajo: porteros, choferes, mozos de restaurante, como los famosos del Maxims, que atend’an a los comensales, con camisas rusas de cuello cerrado, y deambulando por los puentes del Sena, como quien derrocha pasos desesperado por la necesidad, acompa–ado de dos amigos de similar destino, ven afiches pegados en las pilastras del puente, que dicen: "Como Uruguay no Hay", colocados con el fin de estimular la inmigraci—n en este pa’s vac’o del plata, y que el gobierno hab’a dado instrucciones al respecto a travŽs del Ministerio de Relaciones Exteriores. Con sus śltimos recursos, parten los tres al famoso Uruguay, trabajando en la bodega de un barco de carga, pero al llegar no se ve la abundancia de trabajo, y siguen a Buenos Aires. All’ se subsist’a pero, m‡s cara la vivienda, y la comida. Se reunieron con otros dos militares de la misma Divisi—n, que ya estaban all’, y uno les comunica su decisi—n de ir a Paraguay para entrar en el ejŽrcito, pero no es seguido por los otros cuatro, entre los cuales est‡ el ruso Simel, apellido de origen germano, un aventurero arriesgado, que les propone ir al Matto Grosso a cazar fieras, para comercializar sus pieles.

Tampoco es seguido y se va solo, escribiendo despuŽs un libro, sobre su vida de cazador solitario, que le permiti— ganar sus buenos cruzeiros, as’ como las hermosas pieles de pumas, panteras y gatos monteses, de colores lisos y manchados. Los otros tres, vuelven a Montevideo, se meten en un cuartucho del barrio Ciudad Vieja, y compran su primer pedazo de pan uruguayo, en la panader’a del Puerto, del gallego Landeira, frente al Mercado del Puerto, saliendo a buscar trabajo. Pero ¬quŽ puede hacer un abogado ruso, catedr‡tico de idioma ruso, mayor del ejŽrcito de un zar derrocado, en un pa’s lejano, de

idioma distinto, de costumbres raras, como la de chupar un ca–ito de metal que sale de una bola de madera, y estando sin dinero ni oficio pr‡ctico alguno?

S—lo el calor humano uruguayo los pod’a salvar, y alguien les aconseja cargar bolsas en el puerto, para una barraca de lanas. La falta de alimentaci—n, de los rusos y la falta de costumbre para esos trabajos, hizo que los peones, corpulentos, acostumbrados y aclimatados a un verano de cuarenta grados, bajo un galp—n de chapas de zinc caldeadas,

respirando pelusa de lana, rindieran mucho m‡s, y por comparaci—n   de rendimientos que al capataz se le ocurri— hacer, marcharon afuera. Entonces uno de los tres dijo que sab’a carpinter’a, y entraron a prueba en un taller, Žl de oficial y los otros de peones, ya que el "oficial" que s—lo lo hab’a sido en la guardia imperial, puso como condici—n sin ecua non, que se les diera trabajo de peones a sus dos compa–eros. En el primer trabajo dif’cil que le asignaron, otra vez, de patitas a la calle por chambones.

Sigue el a–o veinticinco, mientras Par’s Fatal est‡ en auge, con sus desfiles de modas, sus restaurantes colmados, manjares, mśsica y carcajadas, movimiento imperante en una ciudad de moda, aqu’, los tres rusos en la piecita, subsistiendo con las flautas que les fiaba el panadero.

Vladimir encuentra trabajo de afinador de pianos, despuŽs de guarda frenos de los remolques de los tranv’as a caballo, que eran de dos cuerpos, y el remolcado de atr‡s, deb’a llevar un guardafrenos, para las bajadas. Por el a–o veintisŽis, pasa a trabajar con los ingleses del ferrocarril, como portero de la Gerencia de V’a y Obras, aprendiendo el oficio de dibujante, en el que se desempe–— hasta el momento Y entonces, se termin— la hoja suelta del diario, y no aparec’a la siguiente, quiz‡s se hab’a perdido, o no fue escrita nunca. ­QuiŽn lo sabr‡!

Vladimir levant— la vista, y la noche hab’a ca’do maciza. A la distancia, en la esquina donde empezaba el parque, se ve’an las casas que comenzaban a prender las luces. En una de ellas, la de la verja alta, viv’a Volodia y la familia, cuando estaba completa, y una tarde vio salir de all’, un tax’metro negro como un carro fśnebre, que se llev— a su padre, a una

muerte injusta, despuŽs de salvar su vida en las guerras, con todo tipo de heridas, con cicatrices de sablazos de la revoluci—n de Octubre, muri— por falta de higiene, en un hospital subdesarrollado, de un pa’s subdesarrollado, donde por un suero pasado de fecha, por una aguja que toc— la colcha de la cama, o por los microbios que desparramaba un mandadero, retrasado mental, que viv’a en el nosocomio, y que tanto lo usaban para sacar un cad‡ver a la morgue, como para tirar la basura, y con los mismos zapatos, iba a la sala de operaciones a avisar que llamaba el telŽfono, o podr’an ser las cucarachas, que sal’an de los ca–os de las camas de hierro con rueditas, a las dos de la ma–ana, cuando el silencio y  a oscuridad ocultaban sus intenciones, o por todas las cosas juntas, una gangrena gaseosa le invadi— el cuerpo, que a los setenta y cinco a–os, no aguant— que le amputaran toda una pierna, por la que la gangrena hab’a trepado. Aunque la pierna ya estaba en el recipiente de los desperdicios, le segu’a doliendo, como si estuviera en su lugar, mientras la frialdad cadavŽrica, trepaba por la otra pierna, enfriando despuŽs el vientre, y perdiendo el conocimiento, s—lo cuando la muerte le lleg— al coraz—n. Un rato antes, le hab’a pedido a Vladimir, que le trajera una hoja de afeitar, para rasurarse, aunque la intenci—n fuera la de cortarse las venas. El hijo desobedeci— la orden, para no ser c—mplice del suicidio.

El lugar del monte en que estaba sentado Vladi, se hab’a vestido de sombra, y el humo de alguna fogata con hojas de eucaliptos, hac’a llegar su olor empujado por la brisa, mientras Žl abr’a uno de los cuadernos vestido de luto, el aire refrescaba su amplia frente, cruzada levemente por las primeras arrugas del entrecejo, que se acentuaron cuando ley— unos vaticinios de su padre: "Y terminar‡ el siglo sin el comunismo gobernando Rusia, porque como todas las dictaduras, aśn la llamada del proletariado, se desgastar‡ y tendr‡ que irse, y  la pobreza campear‡ por toda la tierra, las guerras locales sustituir‡n a las grandes guerras mundiales, que no ser‡n posibles porque destruir’an el globo, y escasear‡ el trabajo, y los hambrientos caminar‡n con sus śltimas fuerzas, sin rumbo, comiendo todo lo comible a su paso, como una invasi—n de langostas, y no tendr‡n ni medios ni fuerza para plantar y esperar cosechas, y no les importar‡ la muerte, como no les importar‡ la vida, y en otras partes, abundar‡n los alcoholizados, drogados y enfermos, a los que tampoco les importar‡ mucho la vida, y saquear‡n, robar‡n, asaltar‡n, para obtener la droga o el alcohol, y no les importar‡ mucho la muerte, y por ac‡ nom‡s, por esta avenida Lanśs, que hoy disfrutamos tranquilamente de su belleza, pasar‡n hordas de indigentes revolviendo basura, para obtener algo que les permita seguir viviendo, y se esfumar‡n los sue–os de Giot, que Idiarte Borda comprendi— y colabor— en hacerlos realidad con su castillo perenne, construido como para durar toda la vida, como se hac’an los muebles, la ropa, los enseres, toda la industria, que compet’a con su fortaleza, antes que el mundo fuera presa de lo ordinario, de lo barato, de los despreciable, del use y tire, consigna que se impondr‡ a fin de siglo, no s—lo para los bienes de consumo, sino como norma moral que se acostumbrar‡ entre la gente, el use y tire llegar‡ hasta las familias y el amor, y los ancianos se botar‡n en dep—sitos, donde se resignar‡n a esperar la muerte, como los ancianos esquimales que se van del iglś, se internan en el lugar m‡s fr’o, se quedan quietos, y se congelan.

Vladimir trag— saliva, que parec’a m‡s ‡cida que de costumbre, y el frescor de la noche, endurec’a sus piernas dobladas, que se entumec’an como la de los viejos esquimales, pero su atenci—n estaba en los conceptos le’dos, y su cuerpo poco importaban, como el de los famŽlicos caminantes, y la sangre tibiecita, s—lo le entibiaba la cara, haciendo pesados los p‡rpados.

Y en aquel a–o setenta y tres, parec’a mentira una visi—n apocal’ptica para dentro de pocos a–os, y el recuerdo de la muerte de su padre, lo hizo sentir impotente, como aquel que antes de nacer ya llora, y se sinti— chico, achic‡ndose cada vez m‡s, hasta llegar a ser un punto, y despuŽs desaparecer entre la nada, una nada como la de esos pozos que est‡n al borde de nuestra galaxia, esos pozos llenos de nada, que no permiten apoyarse a los veh’culos espaciales que viajan por impulso, y se los tragan para siempre en una oscuridad perenne, esos pozos que hay que esquivar para salir de nuestro sistema solar y llegar al de otros soles, como hay tantos, llenos de vida, m‡s all‡ de los pozos. Vladimir sinti— que Žl era un puntito, casi una nada...

Escritor Vadim Korolkoff Kaverzneva.  
Domicilio : Lanśs 5858 Col—n , Montevideo.
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