Un tal Vladimir

      Este cuento, forma parte del libro: “ La venganza de Anastasia y otros cuentos”, y es archivado en el sitio de Internet correspondiente a Colón, porque contiene parte de la historia del castillo de Idiarte Borda.

            Mas bien alto, de pelo ondeado, delgado y de piernas fuertes, que lo llevaban cómodamente esquivando las baldosas rotas, caminaba Vladimir por la vereda de la Avenida Lezica, de la ciudad de Colón, en, el departamento de Montevideo, a doce quilómetros del centro de la capital uruguaya, por entre dos h ileras de  gruesos eucaliptos centenarios, que resbalaban sus raíces por debajo de las baldosas. Un bolso negro colgado del hombro, llevaba dentro una pala de mango enroscable, una linterna, un metro, y una manzana. Tomó la manzana, la lustró contra el pantalón, y le clavó los dientes, con mas nervios que apetito, porque había quedado nervioso, a causa de una fugaz conversación con

Madelón, una vecina de la infancia que siempre lo había atraído, pero el nunca se había animado a hablarle de amor. La conversación había sido corta pero intensa, cada palabra pensada, medida, sentida, emocionante y jugosa, como la manzana que iba comiendo. A medida que caminaba, la pala le iba golpeando la espalda, como felicitándolo, y haciéndole acordar que el había venido con la intención de buscar y desenterrar, el diario de su padre, que también se llamaba Vladimir. El diario estaba enterrado en el monte de la francesa, que es el nombre que le dan al lugar, los vecinos del Parque Giot, ya que la francesa que lo donó, se llamaba Margarita Giot.

          Cuando murió su padre, Vladimir enterró bien acondicionados, unos manuscritos en hojas sueltas y un cuaderno negro, que contenían escritos en idioma ruso, que el no entendía, pero que por respeto al lugar que había elegido su progenitor, para vivir morir, consideró bueno que  quedaran allí, y eligió un lugar, a tres metros  al sur del viejo roble, en el centro del parque.  De pronto lo invadió una duda, ¿serían tres metros o serían tres pasos? ¡Había pasado tanto tiempo!

            Vladimir tiró el centro de la manzana, y con él, tiró la duda. Si no era una cosa, era la otra, y en el peor de los casos, haría dos pozos.

             Acercándose a la esquina de Iturbe, la calle que lleva el nombre de la población paraguaya donde se fabrica el tejido de ñandutí, Volodia levantó la vista hacia las copas de los árboles, mientras un viento silencioso hamacaba las ramas en un vaivén suave y constante.

            Por encima, se arrastraban copos de nubes lentamente espiando su marcha, y el ni cuenta se dio que ellas lo miraban con la curiosidad ingenua que transmite el blanco de la pureza, que parecía más blanco aún, con la luz del sol atravesando sus cuerpos níveos. El frescor de la brisa, que llenaba lo más posible sus asmáticos pulmones, embriagaba sus pensamientos, causándole embates de imaginación, e ideas en desorden, un desorden propio de una era convulsionada, en la que le tocó por destino vivir.

            Por esta zona, se ven grandes residencias, algunas antiguas, y otras no tanto, casi todas bien cuidadas, evidenciando una esquina aristocrática del barrio, con jardines algunos, tapados de pedregullo, como para no preocuparse por ellos, pero la mayoría aún luchando por sobrevivir, tratando de decorar las mansiones según el status de sus moradores, o el tiempo que dispongan para embellecerlos.

            Vladimir  vio uno a la izquierda, con jardinería bohemia, pero se notaba que en un pasado no muy lejano, alguien se preocupaba por ella, ya que habían palitos, que sirvieron de bastones a los petisos rosales, que las hormigas o la falta de agua, los acababa de secar.

            Al lado hay una casa estilo italiano, con una frase en latín grabada en la fachada: "Hortus conclusus". Perteneció a un abogado y veterinario, llamado Rafael Muñoz Ximenez y su señora esposa, la poetisa María Carmen Izcua Barbat de Muñoz,

que a principios de siglo, organizaba peñas literarias en su casa, a la que asistían escritores en boga de la época.

            Miguel supone entonces, que deberían haber estado los vecinos de la villa que eran escritores en esos años, como Carlos Reyles, que tenía su campo en Melilla, barrio del oeste, y gustaba de allegarse a Colón, en sus cabalgatas de la tarde, o Elías Regules que vivía en Sayago, barrio al sur de Colón, y en el que también residía Delmira Agustini, que con toda seguridad asistía, Maria Eugenia Vaz Ferreira, que fue una de las precursoras de las salidas femeninas sin acompañamiento familiar. Pero los escritores que también eran vecinos y que Volodia dudaba que hubieran estado, eran Javier de Viana, vecino de La Paz, localidad al norte de Colón, y del barrio Peñarol que está al este,  hubiera venido Ovidio Fernández Ríos, pero el que más seguro estaba Vladimir de que concurrió porque alguien se lo contó en su infancia, era Florencio Sánchez, que se beneficiaba del aire de Colón para sus pulmones rayados de cicatrices, ya que como su biografía lo cuenta, sufrió varios derrames de sangre, que lo llevaron a la muerte en un hospital de Italia, por mil novecientos diez, siendo sus últimas palabras: "¨Quién dijo miedo?".

            Gustaba del alcohol y la pasión como buen taita del novecientos, pero sin puñales hostiles, sino plumas para escribir, ya sea en la prensa, o en sus obras teatrales, que estaban en la cúspide de la fama por esos años, y seguramente, le habrá servido este lugar, como retiro para purgarse de cuerpo y alma, del ambiente ciudadano que lo mataba.

            También Volodia supuso que estaría Julio Herrera y Reissig, que venía desde la Torre de los Panoramas de la Ciudad Vieja, al paseo de moda de aquel entonces, y por supuesto tendría que estar su amigo el "dandy", Enrique de las Carreras, animando con sus originalidades las veladas culturales, en las que el centro sería Andrés Giot de Badet, el hijo del fundador de Colón, adinerado y culto, como para dar un toque atractivo a las asistentes femeninas como Delmira Agustini, cuyo temperamento pasional no dio buenos resultados al casarse con Enrique Reyes, que no entendía de poesía sino de celos, creando aquella dramática situación en la que mató a la poetisa y se suicidó, en lo que debía ser su luna de miel.

            Vladimir cruza la avenida, levantando la vista despacito, hasta detenerla en una terracita de zinguería que se recortaba por entre el verdor de la vegetación, con tonos de grises plomizos, y bajando la mirada, unas columnas gruesas sostenían el pesado portón de hierro forjado, que manos de obreros artistas moldearon a martillo y fragua figuras simétricas, coronadas con las iniciales  del dueño de aquella mansión que los portones majestuosamente protegían.

            Idiarte Borda, Presidente de la República en los años mil ochocientos noventa y cuatro al noventa y siete, el que sustituyó a Julio Herrera y Obes, en los años en que se habían terminado una serie de dictaduras militares: Latorre, Santos y Tajes, y en los que se acababa de inaugurar el edificio de la estación Central de ferrocarriles, que proyectó el ingeniero arquitecto Luis Andreoni.

            Su ascenso luego de nerviosas rencillas políticas, se acompañó de ministros colorados como Miguel Herrera y Obes y los Juan José, Díaz y Castro, así como Luis Piñeyro del Campo y Federico Vidiella, éste, vecino de Colón. Sin embargo, los partidos Nacional y Colorados Independientes, le socavan la presidencia, terminándola con aquel famoso crimen, saliendo de la Catedral Metropolitana, más exacto en Sarandí y el Cabildo, frente a una casa de decoraciones, asesinato que terminó con el ascenso de Juan Lindolfo Cuestas, que de Lindolfo no tenía nada, ya que en un semanario se decía: "Contemple un momento su semblante, ¡que ojos, que boca, que nariz, que cuajo'

Miradle por detrás y por delante, y después por arriba y por abajo. No es feo de figura y de talante, cual espantajo?"

            Estas cuatro columnas imponentes, que sostienen dos portones chicos y uno grande al centro, permitían que por el medio, pasara el landó presidencial, tirado por seis caballos rusos, de patas peludas, blancos, grandes e impacientes, sacudiendo los plateados arneses, que aunque encandilaban los ojos del cochero hierático, no lograban arrancar de su cara marmórea, ni un solo movimiento. La lustrosa pelambre de los equinos, hacía juego con los guantes blancos del cochero y del lacayo, que corría solícito a abrir los portones de la fantasmal mansión. Y así, como una pesadilla de leyenda inglesa, pasaba el carruaje vertiginoso, ostentando los contrastes negro y blanco, coronados por las brillantes galeras forradas de piel de lobo marino, que llevaban los conductores. Los jardines de sinuosos caminos, conducen al edificio severo y pesado, que nos habla de la importancia de sus moradores. Era la fortaleza del capital, que en aquella época se hacía y se defendía a sangre y fuego, con conspiraciones siniestras, humo de pólvora, cascos de caballos aplastando pasto, o herraduras chispeando sobre los adoquines ciudadanos, con sonido metálico, como el de los sables que se desenvainaban para obtener la razón.

            Pero pocas veces traspasó el lugar esa diligencia oficial, con el palafrén a la orden, ya que el presidente uruguayo sólo venía a ver la marcha de la obra, que la empresa de Vaeza Ocampo llevaba a cabo, según proyecto del arquitecto Alfredo Massue, que en un neoclásico francés, curvó los techos de tejas de zinc, proyectó el mirador, terrazas y buhardillas, según un castillo de Francia, y el presidente uruguayo, que soñaba con este Taj Mahal para su amada esposa, solamente la pudo ver en construcción, porque fue asesinado un veinticinco de agosto de mil ochocientos noventa y siete, antes que la terminaran.

            Nunca pudo vivir en ella, ni el ni su esposa María Baños, porque cuando ella se enteró que el asesino, Avelino Arredondo, obediente de los colorados de Batlle, había sido puesto en libertad y con un empleo público, se fue como Artigas al ostracismo, porque no quería vivir en un país, donde el Poder Judicial es ineficiente o venal.

            Vladi pensó, que cuando se cumplieran cien años del asesinato, se hiciera la justicia de dar el nombre de Idiarte Borda a la calle Iturbe, la que había elegido él para vivir y ser feliz, pero no lo dejaron.

            El hombre que había mandado construir el mejor patrimonio arquitectónico de Colón, era canoso, con mostachos y una frente alta como su persona. Fue hijo de un saladerista francés de Armendaritz, de apellido Idiart Bordá, y de una mercedaria de la misma colectividad: Marie Soumastre, nacida en San Juan de Luz. Tuvieron que esconderse de la persecución de Manuel Oribe, y sus esbirros locales, que confiscaban bienes de extranjeros, aún matándolos. Así fue que españolizaron el apellido, agregándole una E y sacándole el acento. Católico profundo, quería tener en el fondo de la mansión, una capilla propia, y pensaba tocar el clarinete al lado de la fuente, que iba a tener en su centro un cisne que mirara para abajo, como vigilando los peces que nadaban entre los camalotes. Quería tener también un frontón de pelota vasca, deporte que él practicaba honrando su origen, y que le inspiraba para la lucha, porque la pelota, cuanto más fuerte es el golpe que recibe, más alto sube. Cuando adolescente, allá entre las esfímeras de Mercedes, (mariposas que viven un solo día),. le tocó quedar a cargo de su familia, cuando murió Don Pierre. En la epidemia de cólera del sesenta y siete, morían en Mercedes hasta cincuenta personas por día, y allí se destacó Juan, curando enfermos, y enterrando a los muertos, cuando la mayoría de la gente huía del contagio, y a él, lo saludaban desde lejos.

Tenía veintitrés años, y se había hecho colorado, inducido por la persecución de Oribe a los extranjeros. Toma parte en la batalla de Manantiales en Colonia, donde muere Anacleto Medina, orbista, vencedor de la batalla de Quinteros. Idiarte Borda fue diputado por Soriano, y como líder prestigioso llegó a ser elegido, luego de varias asambleas calientes, para presidente.

            En aquel entonces, como el voto popular tenía menos peso que el voto calificado, de los integrantes de la Asamblea General del Poder Legislativo, el pueblo votaba a los legisladores, y éstos al Presidente de la República. Este sistema, duró hasta mil novecientos veintitrés, en que se reformó la Constitución, y se cambió la "Influencia Directriz" o caudillismo abierto, por el sistema actual, en que también se practica el caudillismo, pero por lo menos el pueblo tiene opinión.

            Al vencer en el noventa y cuatro, su primer acto de gobierno, fue nombrar a su amigo Federico Vidiella, como ministro de Hacienda, y levantaron la economía, creando el Banco de la República, en una gestión conservadora muy discutida por sus adversarios, blancos y colorados, pero que dejó cosas positivas para le País.

            Vladi miraba a su alrededor, y veía a los pájaros cuidar vigilantes sus nidos, oía a los cuzcos defender con ladridos sus territorios, pero la otrora lujosa verja de la mansión, con el musgo del tiempo tapando su base, le decía que a ella no la cuidaban. Pensó en la cantidad de tiempo, que los albañiles dedicaron ,al alisar las molduras y el revoque con esmero, hoy rasguñado, agrietado, golpeado y manchado por los años, mientras la reja llora su dolor, apuñalada por el herrumbre. Las notas agudas de un piano que se oye a lo lejos, lamentan el destino de esta joya arquitectónica, y el deterioro que el barrio estaba sufriendo, y que Vladimir vino a comprobar por sus propios ojos, pensando llegar hasta el arroyo Pantanoso,  y volver por la Avenida Lanús, al parque de la francesa Margarita Giot.

            Volodia pensaba que hay construcciones que al ser patrimonio histórico de toda la sociedad, deberían estar en manos de las instituciones públicas que puedan mantenerlas, y pensó también en como la familia no la pudo conservar. Pasó que Idiarte Borda, tuvo con su esposa María Baños, seis hijos, dos varones y cuatro niñas, de los que Juan, murió en París en su luna de miel, María Matilde murió joven, Celia era divorciada y sin hijos, María Ester vivió soltera, el hermano Tulio, fue el abogado que continuó con el apellido, y su hermana María Aurelia, y tuvo ocho hijos radicados en Buenos Aires, de

apellido Goyeneche, en la misma ciudad que eligió la abuela para vivir sus últimos años.

            Vivieron en el castillo, las hermanas soltera y divorciada, dejando un testamento a nombre de su hermana María Aurelia, y sus ocho sobrinos, que fueron los últimos de la familia que lo conservaron regular deficientemente hasta venderlo.

            En la vereda de enfrente, otra mansión de dos plantas con subsuelo, un ascensor para esa poca altura, y muchas piezas, salas de juego, escritorios, dormitorios, etcétera, estilo colonial, perteneciente a una de las familias más ricas de sudamérica, y sin duda del Uruguay, dueños de la mayor fábrica de cigarrillos y tabaco del país, con cadena de estancias y plantíos de tabaco en Virginia y Turquía: los Mailhos.

            Más adelante, dos mansiones de los Ameglio, la mayor industria de golosinas, recordando Vladimir al señor Grondona, paseando a caballo por el Parque de la Francesa, con aire arrogante, amable en el saludo, que repartía a diestra y siniestra, y así fue llegando el paseo a la esquina de la calle Caacupé, que significa en guaraní, "Más allá del río".

            Frente a la calle Caacupé, sobre la vereda norte de Lezica, quedan aún los cuatro pilares que como los de Idiarte Borda, sostenían un portón grande en el medio y dos chicos a los costados, más chicos que los que el mismo Giot, había puesto en la esquina de Lezica y Garzón, que eran grandes como los portones de Carrasco. Aquí, los portones fueron robados, sólo queda el mudo y descuidado recuerdo de que acá era la entrada a la mansión del fundador de Colón, Don Perfecto Giot. Ya no queda nada de la mansión y sus jardines babilónicos, que colgaban en terrazas de madera, que el tiempo destruyó. Por este portón pasó alguna vez, escapada quizás, la romántica escritora de Sayago, respirando agitadamente el aire de la avenida de eucaliptos, inspirándose para sus poesías eróticas, que aún hoy se admiran, en una época menos romántica y más apurada que la que vivieron Andrés Giot de Badet y ella. Por este portón pasó también Josefina Baker, la famosa cantante norteamericana, radicada en París en los años de la primera guerra mundial, que invitada por Andrés, que viajaba a París asiduamente, y con seguridad, al estallar la guerra, la invitó a este lugar alejado del mundo, a respirar paz, y no oír bombas, ni oler carne quemada, oyendo benteveos, palomas, horneros, gorriones y oliendo flores, eucaliptos y árboles frutales,  disfrutando el perfume de fresas, junquillos, libustrillos  y jazmines.

            Fueron los mejores años de Colón, ya formada como villa, disfrutaba de los beneficios económicos que la guerra le daba al Uruguay, que exportaba extracto de carne, lana industrializada, corned beef enlatado, latitas de paté, quesos y harina, que Europa no estaba en condiciones de producir. Por esos mismos momentos,  mientras el padre de Vladimir, perdía  sangre en la frontera ruso polaca, luchando contra el ejército alemán, mientras Granados y De Falla, tocaban música de su compatriota Albéniz, fallecido en el novecientos nueve, la tranquilidad sobraba en este lugar.

            Un camino largo y angosto, de pedregullo, iba del portón al norte, y  Volodia se acordó  que en la bajada del camino, al lado de un arroyito,  había una tumba con cruz de hierro forjado, como las  que se encuentran en algunos caminos del campo, o en antiguos cementerios. Dicen que pertenecía a una criada de la familia Giot.  También quería ver,la sucesión de arcos de ladrillo, con una torrecita, que mandó hacer el dueño del predio que compró a Andrés la propiedad, de apellido Pitamiglio, aquel hombre rico que tenía su casa en la rambla de Trouville, en el  barrio Pocitos de Montevideo, y el castillo en el cerro el balneario Las Flores, lleno de estatuas.

            Acortó lentamente los pasos hasta el lugar de la tumba, y una fea sensación de asco y rabia se apoderó de su pecho, la tumba había sido profanada, no había cruz, y en el lugar un pozo. Seguramente, buscaban joyas o algún diente de oro, los bichicomes que se estaban apoderando del barrio.

            Los arcos, que estaban perfectamente hechos con ladrillos de prensa, habían sido demolidos, quedando sólo la torrecita, los ladrillos fueron vendidos por el ladrón  que vivía en esa calle. Por la vereda sur, ahora veía casas, pero en su infancia, estaba la cancha de fútbol llamada "For Ever", al lado del hotel internacional, edificio en una planta, con techado de chapas de zinc, un porche largo cubierto de glicinas, que con sus racimos de florcitas violetas, perfumaban el aire, al mismo tiempo, se olían jazmines del país, que también se enredaban en los postes del alero de aquella arquitectura inglesa.

            Vladimir había visto jugar a los campeones mundiales del cincuenta, y recordaba, como el puntero Eusebio Vidal, al que le decían el patrullero, se caía sobre la gente que miraba desde la línea del corner, porque la cancha le resultaba chica. También se hacían espectáculos culturales y simulacros de incendios, por bomberos y policías que traían sus perros amaestrados.

            En esta parte que Volodia recorre, se nota, a través de la exhuberancia de los vegetales, que es un bajo, próximo al arroyo Pantanoso. Decenas de pájaros de varias clases: mixtos, dorados, ratoneras, tordos y tijeretas, una pajarera sin alambres, marcan el lugar donde había un hotel con salón de té, donde por la tarde, venían las familias del centro de la Capital, y los extranjeros radicados en el barrio, principalmente los ingleses, que seguían la rigurosa tradición del té, a las cinco en punto de la tarde. El hotel se llamaba Tea Garden, aunque Vladimirito lo conoció con el nombre de Montecarlo. Las mesas bajo un gran alero, estaban a escasos metros del arroyo, que por supuesto, no olía mal como ahora. y en el arroyo, se alquilaban botes que remaba Don Francisco y su ayudante Valeri, que trajeados y con sombrero, deslizaban los botes como gondoleros, por debajo del puente de la Avenida Lezica, lugar que sirvió a muchas parejas,  para darse el primer beso, a escondidas de los padres, que mientras, tomaban té.

            A este lugar le llamaban "La Venecia del Pantanoso". La zona navegable terminaba unos cincuenta metros abajo, hacia Lanús, donde había una represa de madera dura, en forma de guillotina, entre dos muros de piedra.

            Por aquella época, el arroyo era más ancho y profundo, pero los desmoronamientos de la Patria, y las casas que empezaron aconstruirse en sus riberas, que tiraban el agua sucia, hicieron que sólo puedan navegar las hormigas, sobre balsas de hojas de plátano, que Vladimir se detuvo a mirar, apoyado en la baranda estilo francés, que la gente mal educada ya  empezaba a romper. Los papeles, bolsas de plástico, latas, esperaban que viniera la lluvia, para continuar su viaje hacia la bahía de Montevideo, una lluvia que aumentaba el caudal, como para que el Pantanoso merezca aún figurar en el mapa del departamento

            En las orillas del arroyo que Vladi había venido a ver, porque quería comprobar con sus propios ojos, cual era el progreso que en cien años, había tenido el lugar, se empezaban a ver algunas casas de latas herrumbradas, que escondían familias empujadas por la miseria, una callecita, tan sinuosa como el Pantanoso, lo llevó a una casa abandonada, con un par de escalones de madera y dos columnas que habían sido blancas, que daban un señorial marco al porche, en el que se reunían las visitas de la familia Martínez, para tomar el té a la inglesa. Al lado, una casona estilo normando, construida por un inglés, de los fundadores del ferrocarril, que por supuesto, no tenía problemas económicos, y eligió para hacer su hogar, el mejor lugar de Montevideo, para aquella época.

            Pero después, la hija, prefirió la costa del mar, y exigió la venta por la mitad del precio que valía, comprándola un general, que asentó allí su familia, hoy testigos del descenso urbanístico del barrio.

            Doblando a la izquierda, por la calle Lanús, volvió Vladimir  a cruzar otro puente más sencillo que el anterior, y debajo el agua estancada, servía de criadero de mosquitos. ­Si la viera el comisario Roba! Antiguamente, era de orden que hubiera un comisario de salubridad, con ayudante y todo. Aquel funcionario, tenía un ayudante temible, al que le decían el Peludo García. ¡Guay con el que tirara agua sucia!

            Eran los tiempos del sargento Rivero, que murió apuñalado entre varios malandras. Se lo podía ubicar por los alrededores de la Tablada, último reducto de los troperos que se arrimaban con el ganado a la capital, por el camino de las tropas.

Se oye un saludo de campaña: ­Ave María purísima!. ­Sin pecado concebida!, contesta una voz femenina desde atrás de una cortina de bolsa de un rancho. Perritos y niños, corren por doquier, rompiendo el silencio que la vegetación impone. Pasa al lado de Volodia un carro de tablas de cajones, con ruedas de rulemanes usados, las barandas torcidas como dos brazos abiertos que quisieran sostener toda la carga que los arrebasa; cartones, papeles, botellas, trapos y metales. Ya se viene la noche, y atrás del carro un hombre que lo empuja, quiere llegar a su rancho, para salir de nuevo. - "Va cargado, eh?" le dice Vladimir - "Y... se labura lindo", contesta el hombre, no se sabe si quejándose u orgulloso. -"Mire que se tiran cosas ¨eh?" le dice Volodia. - "Si se tirará: ahora nos embromó el gobierno, ¨sabe?. Fijó el precio del bronce, más barato que antes. ­Qué se le va a hacer! Pero yo no me preocupo! Estoy seguro que va a subir el dólar, y van a tener que subir el bronce. Por eso ahora no conviene vender. Yo lo guardo adentro de casa, para que no me lo afanen, y cuando suba, lo vendo." - "Entonces usted tiene los mismos problemas que los industriales", le dice Vladimir.- "Y sí, más bien que los comerciantes", le responde el hombre. - "Cada cual se las rebusca como puede. ¨Usted es católico?" - "No tengo religión", le contestó Vladi. - "Ah! Porque acá vienen a preguntar cosas, y al final, le salen con la política". - "No, yo ando paseando, recordando cosas. Porque yo me crié por estos pagos. ¨Sabe?. Bueno, ­Chau hermano!" le dijo y siguió el camino.

Vladimir se quedó pensando en como la miseria económica, trae miseria moral.

Continuó su marcha calle arriba, hacia el monte de la francesa.

            Cuando Vladito comenzó a subir la cuesta de la calle Lanús bolso en mano, a paso cansado, un auto que de atrás venía, lo hizo subir al cordón de la vereda, mejor dicho al cordón, porque vereda no había. Frente a él, a ambos lados de la calle, unos vetustos edificios de dos plantas y mucha altura, que habían sido hospital de dementes y tuberculosos a principios de siglo, tenían nombres de santos: Santa Fátima y San Antonio, ya que al que se llamaba Don Bosco lo habían demolido. Eran el grupo del sanatorio Montevideo, que también albergaba leprosos, antes que el Ministerio de Salud Pública

creara el hospital de Hansenianos.

Estaban rodeados de altos eucaliptos, por los que se vió correr la sombre de una comadreja, que al atardecer salía de su cueva, exponiéndose por un segundo al reflejo del cielo, para refugiarse en la negrura de la oscuridad, buscando confundirse con cada sombra, para ocultar su soledad.

Vladimir esbozó una sonrisa comprensiva, él también era un ser viviente, que a veces se protegía en la oscuridad conocida, ante las luces extrañas.

Las nubes pasaban cubriendo la cara redonda y blanca de la luna, sobre el cielo que era de un cristal azul plateado, mientras otro reflejo plateado sobre la calle, más el ruido

ciudadano de un motor acelerado que empezaba a detenerse, le dieron la pauta a Volodia que volvía el auto de  Madelón.

Ella entreparó el motor, y lo llamó con voz coqueta:

"Vladimir!". El por segundos se hizo el sordo, para volver a oír su nombre, dicho por aquellos labios redonditos, y por aquella voz, que aunque algo grave, bien femenina. Se sentía más ganador oyendo su nombre otra vez. Ella pensó que realmente no había sido oída, porque estaba dentro del vehículo, y se inclinó abriendo más la ventanilla: "­Vladimir, te llevo!"

Aunque estaba a sólo dos cuadras. Vladi sintió una taquicardia, que sólo pudo curar con suspiros, mientras la mente le trabajaba rápido él no hablaba. Subió al vehículo y sonrió con alegría, una sonrisa más elocuente que un discurso.

Dentro del auto, no se sentía la brisa azul propia de agosto, y la radio cantaba un tango con voz femenina, recia y maternal. El viaje fue muy corto, y la conductora lo prolongó unos metros más, al borde del parque, hasta parar cerca de un árbol caído, que amontonaba en su tronco grueso, toda la muerte que lo había invadido. Los acordes intensos y agudos de los tangos que salían del auto, eran acompañados por la percusión vital de los corazones agitados. La punta de la tarde oxidada por el invierno, mostraba unas pinceladas horizontales de color naranja y amarillo, que se reflejaban en los ojos de Madelón, en un color miel brillante, entusiasmados por un amor que comenzaba. Ella se rebelaba ante las formalidades de la sociedad, y por un momento pensó en lo que iba a hacer, y en los frenos que su condición social le imponía, una condición que ella necesitaba, pero que no quería.

Le fastidiaban las frivolidades de sus amigas y los ditirambos de sus amigos, esa mentalidad gregaria sin contenido, con frases llenas de floripondios, y actitudes controladas por la conveniencia clasista, gente que se preocupaba más por la limpieza de sus mansiones que por la de sus almas.

- ­No sé por qué estoy aquí!, dijo Madelón con voz apagada y viendo como Vladimir se le acercaba cada vez más.

- Será que uno no se propone enamorarse, sino que se descubre enamorado. ¨no crees?. Y se acercó lentamente a curar los nervios de ambos, con unos besos gordos y durables, que la llevaron a un poco de locura que es amor.

Sentía como el vértigo de un astronauta que viene volando al revés y no se da cuenta, porque allí no existe ni el arriba, ni el abajo. Los ojos de Madelón, transparentes como la

franqueza , lloraron las primeras gotas de pasión y de gloria, y se transformó aunque sea por un breve tiempo, en una mujer total. Le brotó el tapado instinto de la especia humana. Le había llegado la hora mágica del placer gozoso, y su cuerpo femenino generoso, en el que todo germina y da flores de amor, recibió una gota de rocío en la rosa abierta de esa mujer liberal, en una época sin desconfianza. Entonces la relación cambió abruptamente.

Ella recién empezó a pensar, que había estado con alguien casi desconocido, y salió precipitadamente del auto, sentándose en el tronco y mirando hacia la cañada, cuyos matorrales serpenteaban sus orillas, mientras la luz serena, rebotaba sobre el oleaje oscuro de la vegetación.

La noche comenzaba a envolver todo cubriendo con misterio el parque, y esperando en vano que los grillos dejaran de hacer sonar sus monótonos cencerros. Una nube loca, pasó salpicando frías gotas que pinchaban la piel.

De pronto Madelón se abrazó fuertemente del cuello deVladimir y le dio el beso de despedida, apasionado y largo, como para recordarlo toda la vida. -­Nos vemos!, dijo ella, dirigiéndose rápidamente al volante.

-         ¨Cuándo?, preguntó Vladimir, al tiempo que el motor arrancaba.-

-          ­Pronto!, contestó ella, acelerando el vehículo, y alejándose vertiginosamente.

Vladimir comprendió que ese "pronto" era nunca, porque ninguno de los dos sabía donde encontrar al otro. Mirando por donde se iba el auto, tragándose el nudo de la garganta, y apoyando la mano sobre el bolso que estaba en el tronco, quedó con la mirada perdida. Cuando recordó a que venía, comenzó a arrastrar los pies, arrastrándose así, las ganas de seguir, y empezó a recorrer el frío camino de la soledad. Caminaba erguido de amor propio, y aunque llevaba un bolso liviano, en ese momento le pesaba como si llevara cemento. Se dirigió al centro del parque, en busca del viejo roble, pero el árbol ya no estaba, porque la cuadrilla municipal, le había cortado su tronco, para llevárselo quien sabe a quien.

Sacó del bolso una linterna, y encontró con ella, la raíz de su querido roble, que todavía existía, como una muela cariada, prendido del suelo, agarrado de la pacha mama o tierra madre, hasta que el tiempo no lo arranque. Tres metros al sur, era el punto. Sacó del bolso la pala pocera, enroscó su mango de caño roscado, y empezó a hundir el filo en la fértil tierra negra de Colón, buscando tocar una piedra que no aparecía.

Corrigió la medida con el metro, que también venía en el bolso, y entonces vio la punta de una piedra que asomaba entre el pasto, y que la erosión había desenterrado. Clavó la pala

bajo la roca, y ésta se movió. Debajo estaba el paquete, envuelto en nylon varias veces y la última envoltura, de papel de plomo, recubría una caja metálica, ya poco engrasada, ferrujienta, y muy difícil de destapar. Dentro de ella, bastante bien conservado, pero algo húmedo, otro paquete que apenas cabía en la lata. Desató el hilo, y abrió el paquete, sacando tres cuadernos de tapa negra, unas hojas sueltas y una cruz de hierro de la primera guerra mundial, en la que se leía: "Galipoli, 1918", en letras cirílicas.

Secó el sudor de su mano en el pantalón, desenroscó la pala, y recogió todo colocándolo en el bolso, dirigiéndose a un tronco que oficiaba de banco, arrecostado en un eucaliptus que le sirvió de respaldo, e intentó leer el contenido de los cuadernos, ayudado por la linterna.. La humedad de condensación, había pegado las hojas, que se rompían sólo de tocarlas. Las fechas eran correlativas, pero debía llamarse mensuario y no diario, porque entre un día y otro, habían

pasado muchos días almanaque. Vladimir pensó que era lógico, ya que trabajando en otras cosas, es difícil escribir un diario todos los días, o no hay tiempo, o no pasa nada importante, y en cuanto a la etapa de la vida en que se hace el trabajo, pensó en que cuando se es joven, falta la constancia, cuando se es mayor, falta el tiempo y cuando se es anciano, falta el entusiasmo, o se olvidan las cosas, pero lo consideraba útil, para ver que decisiones se toman en momentos difíciles, que pasa en otras épocas y que resultados históricos se vieron a través del tiempo.

En el primer cuaderno decía: "Diario de Vladimir Mijailovich Isheieff, ex oficial del Estado Mayor del Ejército Ruso Blanco, evacuado de Crimea por orden del Generalísimo Barón Vrangel, hacia Galipoli, en 1918, y después desmovilizado. Marzo de 1959.

Razones del porque de este Diario. Parecería más extraño, empezar a llevar un diario personal, después de setenta y dos años de vida, edad que margina con la etapa del camino hacia la última morada. Posiblemente sea el deseo de dejar en el ocaso de mi vida algo útil, especie de legado, a los que no han experimentado la etapa que nos acerca al final de nuestra existencia, hacia el Reinado de Dios. Las generaciones jóvenes, pasan su tiempo en ambientes colectivos, como escuelas, clubes, universidades, etc., las maduras en oficinas, fábricas, ocupados todos por sus intereses, que les resultan atractivos y necesarios, relacionándose con gente activa y productora, todos corriendo atrás del status, o de la subsistencia.. En la vejez, nos quedan los hogares de ancianos o clubes de la tercera edad, porque la comunicación es lo único que nos hace falta, a los que tenemos la categoría de viejos. El diálogo utilitario, las observaciones con experiencia, de los más informados y altruistas hacia los que quieran aprovechar la experiencia ajena para ahorrar tiempo, sudor y lágrimas, es lo que hay que dejar en algo escrito.

Seguidamente, un minucioso análisis de la salud, desde la infancia, hasta el momento de escribir el diario, de interés para estudiantes de medicina, hicieron que Miguel salteara algunas hojas, hasta encontrar una descripción del origen familiar, que le resultó original, aunque el ya supiera bastante.

Estaba escrito en hojas sueltas, y decía que el padre de Vladimir, había nacido cerca de Moscú, en una estancia al este de la capital, justo en el pantano que da origen al río Alater, afluente principal del río Maskva o Moscú, y en una elevación cercana, rodeada de altos árboles de hojas blancas, abedules y álamos, pinos y algún roble, construyeron una sólida casa de troncos, sobre cimientos de piedra ahogada, techado con pizarra, esa piedra chata, oscura, que se superpone atada con alambres de cobre, sobre un maderamen de listones, montados en forma escalonada, para que no entre el agua. Dentro del hogar, una estufa de ladrillos en forma de gruesa columna, y alimentada a leña, calienta, desde el centro de la casa todos los ambientes. El mobiliario, de madera repujada, estilo renacimiento, cortinados gruesos con flecos y cuerdas doradas, un samovar en el centro de la mesa, al que ya le había desconectado la chimenea, y mantenía con sus brasas, el agua caliente que se saca por la canilla, y en una esquina de la sala de estar, la que está orientada al este, por donde se levanta el sol, un icono con la imagen de Jesucristo, teniendo en su mano una Biblia abierta, con escrituras en hebreo antiguo, un icono pintado con ese amor que trasuntan los rasgos de la cara divina, que las manos de un artista, evidentemente feligrés, había pintado. Alrededor del samovar, de bronce blanco, algunas tazas de porcelana fina, esperando ser llenadas de té, un pastel de miel, y bizcochitos de menta, blancos como la nieve, a los que se le podía poner mermelada de frutillas, que espera ser comida, en un bols chino de la dinastía tang, y una cucharita de plata con las iniciales de la familia, repujada en su mango. En la casa vive una princesa de origen tártaro, llamada Serafina Ischeff, y su esposo, un militar de alto grado, Mijail Alexeievich Isheieff, con cinco hijos: Sofía, Vera, Eugenio, Vadim y Vladimir, este último, el menor de los varones, que concurre al colegio militar, como corresponde al hijo de un coronel.

Vladimir, había nacido en mil ochocientos ochenta y siete, en ese citado lugar, del departamento de Tambov. Después de cursar la Escuela Imperial, a la que sólo asistían familias de la nobleza, pasa al Liceo militar Alexandrov, desde donde parte en mil novecientos siete, a la guerra contra Japón, en la División Probrayensky, y en mil novecientos nueve, es trasladado a la Guardia Imperial, del palacio de los zares, al tiempo que cumple tareas de inspección en asuntos de reforma agraria, o redistribución de tierras de bajo rendimiento. Para cuando estalla la guerra del catorce, Vladimir Mijailovich, es abogado, catedrático de idioma ruso en el liceo militar, y Mayor en el batallón de la Guardia Imperial. La influencia familiar, pretende en vano, convencer a su hijo y evitar que

el destino asignado al militar de alto rango, fuera el frente de Polonia, en la lucha contra los alemanes, que estaba cobrando muchas vidas. Vladimir, empero, aduciendo derechos constitucionales que conocía como abogado, consigue el permiso de ir al frente, donde es condecorado por salvar a su regimiento de una emboscada, sin sufrir bajas, y en una de las

batallas, recibe un balazo, que le atraviesa el muslo, sin romper la vena principal ni el fémur, dejándole dos orificios, de entrada y salida. Otro día negro, recibe un trozo de metal

de obús, que se le incrusta en el centro de la nuca, lo operan en la carpa de primeros auxilios, y lo acuestan en la carpa de los desahuciados. A la mañana siguiente, despierta tan

repuesto, que se olvida de la herida recibida, y después de sentarse un rato al borde de la camilla para recobrar el equilibrio, sale caminando de la carpa, al frescor de la intemperie, lo que produce la lógica conmoción entre las enfermeras. Curado, pasa nuevamente al frente, y esta vez recibe gases venenosos que contaminan su cuerpo, debiendo retirarse a la retaguardia, donde por prescripción médica, lo mandan a las aguas termales de Narzán, con barro de azufre, por los montes del Cáucaso. En mil novecientos diecisiete, estando nuevamente en el frente polaco, estalla la revolución de octubre, y es llamado a defender al zar, como correspondía a su División, pero llegan tarde, o mejor dicho no llegan, porque al acercarse a Moscú, se enteran que ya habían tomado el poder los revolucionarios, lo que hace que las autoridades militares comiencen a discutir temas ideológicos, presionados por las bases, que tienen dos bandos bien definidos: los que están con el zar, y los que están con la revolución. Debiendo la oficialidad, resolver el problema, optan por dividirse en dos direcciones para no entablar una lucha fratricida. Los revolucionarios irán hacia el norte, los fieles al zar, hacia el sur. Al mayor Vladimir Mijailovich, el destino, y las noticias que le llegan de su familia, asesinada por los trotskistas, que incendiaron la "dacha" y destruyeron cuanta cosa de valor encontraron, lo llevaron al sur, replegándose sus milicias, hasta ocupar la península de Crimea, sobre le Mar Negro. Le surge una oportunidad de ir solo a su casa, hacia donde se dirige presuroso para comprobar por sí mismo, la noticia que lo aflige, viendo al llegar, un cuadro tétrico, de cenizas y escombros, tumbas de fieles allegados a la familia, no apareciendo rastro de sus padres y hermanos, dos de los cuales, eran militares. Los vecinos del lugar, no quisieron hablar, atemorizados, y sólo le dieron el pésame, explicándole que los trotskistas incendiaron también, la fábrica de alcohol de madera que había en sus terrenos, aduciendo que eran bienes de la odiada burguesía, y no del pueblo. Volvió al lugar donde se encontraba el ejército de los rusos blancos, que en situación comprometida mantenían la Península de Crimea, y su puerto Sebastopol, desde donde emprendieron la travesía del mar Negro, al otrascismo, hasta el primer muelle que las olas trajeran, que fue Galipoli en los Dardanelos, lugar en donde se distribuyó el poco dinero que traían los soldados, en forma equitativa, sin distinción de grado, y se hicieron una cruz de hierro y un anillo igual, con el número de militar impreso y la palabra Galipoli 1918, amuletos que contenían un símbolo de ayuda mutua, un juramento de apoyo incondicional a quien tuviera el anillo o la cruz, fuera de la Patria, en cualquier confín del mundo, y ese juramento debía servir para ayudar también a los hijos, siempre que se reconocieran por medio de dichos amuletos. Y así fue que se desparramaron por el mundo, empezando Vladimir por Yugoeslavia, donde se casó por primera vez, llenando así el vacío de su corazón apretado por la tristeza. Y fue su primer amor, su primer luna de miel, interrumpida abruptamente por la muerte implacable que aparece cuando nadie la espera, llevándose a su amada que murió de pulmonía en ese crudo invierno.

Huyó de Yugoeslavia, como antes de Moscú, huye de la mala suerte, del negro destino, de los tristes recuerdos, y se casa por segunda vez en Bélgica, como para tratar de olvidar. Nace una hija, que bautiza Sofía, pero su amor ya estaba quemado en Yugoeslavia, y sin el amor, sobrevino el divorcio. Viaja a Francia, Inglaterra y vuelve a París de nuevo, en busca de trabajo y futuro, pero la capital está saturada de rusos que salieron antes, que tomaron todos los puestos de trabajo: porteros, choferes, mozos de restaurante, como los famosos del Maxims, que atendían a los comensales, con camisas rusas de cuello cerrado, y deambulando por los puentes del Sena, como quien derrocha pasos desesperado por la necesidad, acompañado de dos amigos de similar destino, ven afiches pegados en las pilastras del puente, que dicen: "Como Uruguay no Hay", colocados con el fin de estimular la inmigración en este país vacío del plata, y que el gobierno había dado instrucciones al respecto a través del Ministerio de Relaciones Exteriores. Con sus últimos recursos, parten los tres al famoso Uruguay, trabajando en la bodega de un barco de carga, pero al llegar no se ve la abundancia de trabajo, y siguen a Buenos Aires. Allí se subsistía pero, más cara la vivienda, y la comida. Se reunieron con otros dos militares de la misma División, que ya estaban allí, y uno les comunica su decisión de ir a Paraguay para entrar en el ejército, pero no es seguido por los otros cuatro, entre los cuales está el ruso Simel, apellido de origen germano, un aventurero arriesgado, que les propone ir al Matto Grosso a cazar fieras, para comercializar sus pieles.

Tampoco es seguido y se va solo, escribiendo después un libro, sobre su vida de cazador solitario, que le permitió ganar sus buenos cruzeiros, así como las hermosas pieles de pumas, panteras y gatos monteses, de colores lisos y manchados. Los otros tres, vuelven a Montevideo, se meten en un cuartucho del barrio Ciudad Vieja, y compran su primer pedazo de pan uruguayo, en la panadería del Puerto, del gallego Landeira, frente al Mercado del Puerto, saliendo a buscar trabajo. Pero ¨qué puede hacer un abogado ruso, catedrático de idioma ruso, mayor del ejército de un zar derrocado, en un país lejano, de

idioma distinto, de costumbres raras, como la de chupar un cañito de metal que sale de una bola de madera, y estando sin dinero ni oficio práctico alguno?

Sólo el calor humano uruguayo los podía salvar, y alguien les aconseja cargar bolsas en el puerto, para una barraca de lanas. La falta de alimentación, de los rusos y la falta de costumbre para esos trabajos, hizo que los peones, corpulentos, acostumbrados y aclimatados a un verano de cuarenta grados, bajo un galpón de chapas de zinc caldeadas,

respirando pelusa de lana, rindieran mucho más, y por comparación   de rendimientos que al capataz se le ocurrió hacer, marcharon afuera. Entonces uno de los tres dijo que sabía carpintería, y entraron a prueba en un taller, él de oficial y los otros de peones, ya que el "oficial" que sólo lo había sido en la guardia imperial, puso como condición sin ecua non, que se les diera trabajo de peones a sus dos compañeros. En el primer trabajo difícil que le asignaron, otra vez, de patitas a la calle por chambones.

Sigue el año veinticinco, mientras París Fatal está en auge, con sus desfiles de modas, sus restaurantes colmados, manjares, música y carcajadas, movimiento imperante en una ciudad de moda, aquí, los tres rusos en la piecita, subsistiendo con las flautas que les fiaba el panadero.

Vladimir encuentra trabajo de afinador de pianos, después de guarda frenos de los remolques de los tranvías a caballo, que eran de dos cuerpos, y el remolcado de atrás, debía llevar un guardafrenos, para las bajadas. Por el año veintiséis, pasa a trabajar con los ingleses del ferrocarril, como portero de la Gerencia de Vía y Obras, aprendiendo el oficio de dibujante, en el que se desempeñó hasta el momento Y entonces, se terminó la hoja suelta del diario, y no aparecía la siguiente, quizás se había perdido, o no fue escrita nunca. ­Quién lo sabrá!

Vladimir levantó la vista, y la noche había caído maciza. A la distancia, en la esquina donde empezaba el parque, se veían las casas que comenzaban a prender las luces. En una de ellas, la de la verja alta, vivía Volodia y la familia, cuando estaba completa, y una tarde vio salir de allí, un taxímetro negro como un carro fúnebre, que se llevó a su padre, a una

muerte injusta, después de salvar su vida en las guerras, con todo tipo de heridas, con cicatrices de sablazos de la revolución de Octubre, murió por falta de higiene, en un hospital subdesarrollado, de un país subdesarrollado, donde por un suero pasado de fecha, por una aguja que tocó la colcha de la cama, o por los microbios que desparramaba un mandadero, retrasado mental, que vivía en el nosocomio, y que tanto lo usaban para sacar un cadáver a la morgue, como para tirar la basura, y con los mismos zapatos, iba a la sala de operaciones a avisar que llamaba el teléfono, o podrían ser las cucarachas, que salían de los caños de las camas de hierro con rueditas, a las dos de la mañana, cuando el silencio y  a oscuridad ocultaban sus intenciones, o por todas las cosas juntas, una gangrena gaseosa le invadió el cuerpo, que a los setenta y cinco años, no aguantó que le amputaran toda una pierna, por la que la gangrena había trepado. Aunque la pierna ya estaba en el recipiente de los desperdicios, le seguía doliendo, como si estuviera en su lugar, mientras la frialdad cadavérica, trepaba por la otra pierna, enfriando después el vientre, y perdiendo el conocimiento, sólo cuando la muerte le llegó al corazón. Un rato antes, le había pedido a Vladimir, que le trajera una hoja de afeitar, para rasurarse, aunque la intención fuera la de cortarse las venas. El hijo desobedeció la orden, para no ser cómplice del suicidio.

El lugar del monte en que estaba sentado Vladi, se había vestido de sombra, y el humo de alguna fogata con hojas de eucaliptos, hacía llegar su olor empujado por la brisa, mientras él abría uno de los cuadernos vestido de luto, el aire refrescaba su amplia frente, cruzada levemente por las primeras arrugas del entrecejo, que se acentuaron cuando leyó unos vaticinios de su padre: "Y terminará el siglo sin el comunismo gobernando Rusia, porque como todas las dictaduras, aún la llamada del proletariado, se desgastará y tendrá que irse, y  la pobreza campeará por toda la tierra, las guerras locales sustituirán a las grandes guerras mundiales, que no serán posibles porque destruirían el globo, y escaseará el trabajo, y los hambrientos caminarán con sus últimas fuerzas, sin rumbo, comiendo todo lo comible a su paso, como una invasión de langostas, y no tendrán ni medios ni fuerza para plantar y esperar cosechas, y no les importará la muerte, como no les importará la vida, y en otras partes, abundarán los alcoholizados, drogados y enfermos, a los que tampoco les importará mucho la vida, y saquearán, robarán, asaltarán, para obtener la droga o el alcohol, y no les importará mucho la muerte, y por acá nomás, por esta avenida Lanús, que hoy disfrutamos tranquilamente de su belleza, pasarán hordas de indigentes revolviendo basura, para obtener algo que les permita seguir viviendo, y se esfumarán los sueños de Giot, que Idiarte Borda comprendió y colaboró en hacerlos realidad con su castillo perenne, construido como para durar toda la vida, como se hacían los muebles, la ropa, los enseres, toda la industria, que competía con su fortaleza, antes que el mundo fuera presa de lo ordinario, de lo barato, de los despreciable, del use y tire, consigna que se impondrá a fin de siglo, no sólo para los bienes de consumo, sino como norma moral que se acostumbrará entre la gente, el use y tire llegará hasta las familias y el amor, y los ancianos se botarán en depósitos, donde se resignarán a esperar la muerte, como los ancianos esquimales que se van del iglú, se internan en el lugar más frío, se quedan quietos, y se congelan.

Vladimir tragó saliva, que parecía más ácida que de costumbre, y el frescor de la noche, endurecía sus piernas dobladas, que se entumecían como la de los viejos esquimales, pero su atención estaba en los conceptos leídos, y su cuerpo poco importaban, como el de los famélicos caminantes, y la sangre tibiecita, sólo le entibiaba la cara, haciendo pesados los párpados.

Y en aquel año setenta y tres, parecía mentira una visión apocalíptica para dentro de pocos años, y el recuerdo de la muerte de su padre, lo hizo sentir impotente, como aquel que antes de nacer ya llora, y se sintió chico, achicándose cada vez más, hasta llegar a ser un punto, y después desaparecer entre la nada, una nada como la de esos pozos que están al borde de nuestra galaxia, esos pozos llenos de nada, que no permiten apoyarse a los vehículos espaciales que viajan por impulso, y se los tragan para siempre en una oscuridad perenne, esos pozos que hay que esquivar para salir de nuestro sistema solar y llegar al de otros soles, como hay tantos, llenos de vida, más allá de los pozos. Vladimir sintió que él era un puntito, casi una nada...

Escritor Vadim Korolkoff Kaverzneva.  
Domicilio : Lanús 5858 Colón , Montevideo.
E-Mail: vladimir@comercialnet.com


PORTADA   PRINCIPAL

Si desea agregar su sitio web y/o incorporar sus datos,
comuníquese al (099) 689 649 o escríbanos a info@colon.com.uy


Optimización IE 800 x 600 / Comunicación Inteligente