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Este cuento, forma parte
del libro: “ La venganza de Anastasia y otros cuentos”, y es
archivado en el sitio de Internet correspondiente a Colón, porque
contiene parte de la historia del castillo de Idiarte Borda.
Mas bien alto, de pelo ondeado, delgado y de piernas fuertes,
que lo llevaban cómodamente esquivando las baldosas rotas, caminaba
Vladimir por la vereda de la Avenida Lezica, de la ciudad de Colón,
en, el departamento de Montevideo, a doce quilómetros del centro de
la capital uruguaya, por entre dos h ileras de
gruesos eucaliptos centenarios, que resbalaban sus raíces
por debajo de las baldosas. Un bolso negro colgado del hombro,
llevaba dentro una pala de mango enroscable, una linterna, un metro,
y una manzana. Tomó la manzana, la lustró
contra el pantalón, y le clavó los dientes, con mas nervios que
apetito, porque había quedado nervioso, a causa de una fugaz
conversación con
Madelón,
una vecina de la infancia que siempre lo había atraído, pero el
nunca se había animado a hablarle de amor. La conversación había
sido corta pero intensa, cada palabra pensada, medida, sentida,
emocionante y jugosa, como la manzana que iba comiendo. A medida que
caminaba, la pala le iba golpeando la espalda, como felicitándolo,
y haciéndole acordar
que el había venido
con la intención de buscar y desenterrar, el diario de su
padre, que también se llamaba Vladimir. El diario estaba enterrado
en el monte de la francesa, que es el nombre que le dan al lugar,
los vecinos
del
Parque Giot, ya que la francesa que lo donó, se llamaba
Margarita Giot.
Cuando murió su padre, Vladimir enterró bien
acondicionados, unos manuscritos en hojas sueltas y un cuaderno
negro, que contenían escritos en idioma ruso, que el no entendía,
pero que por respeto al lugar que había elegido su progenitor, para
vivir morir, consideró bueno que
quedaran allí, y eligió un lugar, a tres metros
al sur del viejo roble, en el centro del parque.
De pronto lo invadió una duda, ¿serían tres metros o serían
tres pasos? ¡Había pasado tanto tiempo!
Vladimir tiró el centro de la manzana, y con
él, tiró la duda. Si no era una cosa, era la otra, y en el
peor de los casos, haría dos pozos.
Acercándose a la esquina de Iturbe, la calle que lleva el
nombre de la población paraguaya donde se fabrica el tejido de ñandutí,
Volodia levantó la vista hacia las copas de los árboles, mientras
un viento silencioso hamacaba las ramas en un vaivén suave y
constante.
Por encima, se arrastraban copos de nubes lentamente espiando
su marcha, y el ni cuenta se dio que ellas lo miraban con la
curiosidad ingenua que transmite el blanco de la pureza, que parecía
más blanco aún, con la luz del sol atravesando sus cuerpos níveos.
El frescor de la brisa, que llenaba lo más posible sus asmáticos
pulmones, embriagaba sus pensamientos, causándole embates de
imaginación, e ideas en desorden, un desorden propio de una era
convulsionada, en la que le tocó por destino vivir.
Por esta zona, se ven grandes residencias, algunas antiguas,
y otras no tanto, casi todas bien cuidadas, evidenciando una esquina
aristocrática del barrio, con jardines algunos, tapados de
pedregullo, como para no preocuparse por ellos, pero la mayoría aún
luchando por sobrevivir, tratando de decorar las mansiones según el
status de sus moradores, o el tiempo que dispongan para
embellecerlos.
Vladimir
vio uno a la izquierda, con jardinería bohemia, pero se
notaba que en un pasado no muy lejano, alguien se preocupaba por
ella, ya que habían palitos, que sirvieron de bastones a los
petisos rosales, que las hormigas o la falta de agua, los acababa de
secar.
Al lado hay una casa estilo italiano, con una frase en latín
grabada en la fachada: "Hortus conclusus". Perteneció a
un abogado y veterinario, llamado Rafael Muñoz Ximenez y su señora
esposa, la poetisa María Carmen Izcua Barbat de Muñoz,
que
a principios de siglo, organizaba peñas literarias en su casa, a la
que asistían escritores en boga de la época.
Miguel supone entonces, que deberían haber estado los
vecinos de la villa que eran escritores en esos años, como Carlos
Reyles, que tenía su campo en Melilla, barrio del oeste, y gustaba
de allegarse a Colón, en sus cabalgatas de la tarde, o Elías
Regules que vivía en Sayago, barrio al sur de Colón, y en el que
también residía Delmira Agustini, que con toda seguridad asistía,
Maria Eugenia Vaz Ferreira, que fue una de las precursoras de las
salidas femeninas sin acompañamiento familiar. Pero los escritores
que también eran vecinos y que Volodia dudaba que hubieran estado,
eran Javier de Viana, vecino de La Paz, localidad al norte de Colón,
y del barrio Peñarol que está al este,
hubiera venido Ovidio Fernández Ríos, pero el que más
seguro estaba Vladimir de que concurrió porque alguien se lo contó
en su infancia, era Florencio Sánchez, que se beneficiaba del aire
de Colón para sus pulmones rayados de cicatrices, ya que como su
biografía lo cuenta, sufrió varios derrames de sangre, que lo
llevaron a la muerte en un hospital de Italia, por mil novecientos
diez, siendo sus últimas palabras: "¨Quién dijo
miedo?".
Gustaba del alcohol y la pasión como buen taita del
novecientos, pero sin puñales hostiles, sino plumas para escribir,
ya sea en la prensa, o en sus obras teatrales, que estaban en la cúspide
de la fama por esos años, y seguramente, le habrá servido este
lugar, como retiro para purgarse de cuerpo y alma, del ambiente
ciudadano que lo mataba.
También Volodia supuso que estaría Julio Herrera y Reissig,
que venía desde la Torre de los Panoramas de la Ciudad Vieja, al
paseo de moda de aquel entonces, y por supuesto tendría que estar
su amigo el "dandy", Enrique de las Carreras, animando con
sus originalidades las veladas culturales, en las que el centro sería
Andrés Giot de Badet, el hijo del fundador de Colón, adinerado y
culto, como para dar un toque atractivo a las asistentes femeninas
como Delmira Agustini, cuyo temperamento pasional no dio buenos
resultados al casarse con Enrique Reyes, que no entendía de poesía
sino de celos, creando aquella dramática situación en la que mató
a la poetisa y se suicidó, en lo que debía ser su luna de miel.
Vladimir cruza la avenida, levantando la vista despacito,
hasta detenerla en una terracita de zinguería que se recortaba por
entre el verdor de la vegetación, con tonos de grises plomizos, y
bajando la mirada, unas columnas gruesas sostenían el pesado portón
de hierro forjado, que manos de obreros artistas moldearon a
martillo y fragua figuras simétricas, coronadas con las iniciales
del dueño de aquella mansión que los portones
majestuosamente protegían.
Idiarte Borda, Presidente de la República en los años mil
ochocientos noventa y cuatro al noventa y siete, el que sustituyó a
Julio Herrera y Obes, en los años en que se habían terminado una
serie de dictaduras militares: Latorre, Santos y Tajes, y en los que
se acababa de inaugurar el edificio de la estación Central de
ferrocarriles, que proyectó el ingeniero arquitecto Luis Andreoni.
Su ascenso luego de nerviosas rencillas políticas, se acompañó
de ministros colorados como Miguel Herrera y Obes y los Juan José,
Díaz y Castro, así como Luis Piñeyro del Campo y Federico
Vidiella, éste, vecino de Colón. Sin embargo, los partidos
Nacional y Colorados Independientes, le socavan la presidencia,
terminándola con aquel famoso crimen, saliendo de la Catedral
Metropolitana, más exacto en Sarandí y el Cabildo, frente a una
casa de decoraciones, asesinato que terminó con el ascenso de Juan
Lindolfo Cuestas, que de Lindolfo no tenía nada, ya que en un
semanario se decía: "Contemple un momento su semblante, ¡que
ojos, que boca, que nariz, que cuajo'
Miradle
por detrás y por delante, y después por arriba y por abajo. No es
feo de figura y de talante, cual espantajo?"
Estas cuatro columnas imponentes, que sostienen dos portones
chicos y uno grande al centro, permitían que por el medio, pasara
el landó presidencial, tirado por seis caballos rusos, de patas
peludas, blancos, grandes e impacientes, sacudiendo los plateados
arneses, que aunque encandilaban los ojos del cochero hierático, no
lograban arrancar de su cara marmórea, ni un solo movimiento. La
lustrosa pelambre de los equinos, hacía juego con los guantes
blancos del cochero y del lacayo, que corría solícito a abrir los
portones de la fantasmal mansión. Y así, como una pesadilla de
leyenda inglesa, pasaba el carruaje vertiginoso, ostentando los
contrastes negro y blanco, coronados por las brillantes galeras
forradas de piel de lobo marino, que llevaban los conductores. Los
jardines de sinuosos caminos, conducen al edificio severo y pesado,
que nos habla de la importancia de sus moradores. Era la fortaleza
del capital, que en aquella época se hacía y se defendía a sangre
y fuego, con conspiraciones siniestras, humo de pólvora, cascos de
caballos aplastando pasto, o herraduras chispeando sobre los
adoquines ciudadanos, con sonido metálico, como el de los sables
que se desenvainaban para obtener la razón.
Pero pocas veces traspasó el lugar esa diligencia oficial,
con el palafrén a la orden, ya que el presidente uruguayo sólo venía
a ver la marcha de la obra, que la empresa de Vaeza Ocampo llevaba a
cabo, según proyecto del arquitecto Alfredo Massue, que en un neoclásico
francés, curvó los techos de tejas de zinc, proyectó el mirador,
terrazas y buhardillas, según un castillo de Francia, y el
presidente uruguayo, que soñaba con este Taj Mahal para su amada
esposa, solamente la pudo ver en construcción, porque fue asesinado
un veinticinco de agosto de mil ochocientos noventa y siete, antes
que la terminaran.
Nunca pudo vivir en ella, ni el ni su esposa María Baños,
porque cuando ella se enteró que el asesino, Avelino Arredondo,
obediente de los colorados de Batlle, había sido puesto en libertad
y con un empleo público, se fue como Artigas al ostracismo, porque
no quería vivir en un país, donde el Poder Judicial es ineficiente
o venal.
Vladi pensó, que cuando se cumplieran cien años del
asesinato, se hiciera la justicia de dar el nombre de Idiarte Borda
a la calle Iturbe, la que había elegido él para vivir y ser feliz,
pero no lo dejaron.
El hombre que había mandado construir el mejor patrimonio
arquitectónico de Colón, era canoso, con mostachos y una frente
alta como su persona. Fue hijo de un saladerista francés de
Armendaritz, de apellido Idiart Bordá, y de una mercedaria de la
misma colectividad: Marie Soumastre, nacida en San Juan de Luz.
Tuvieron que esconderse de la persecución de Manuel Oribe, y sus
esbirros locales, que confiscaban bienes de extranjeros, aún matándolos.
Así fue que españolizaron el apellido, agregándole una E y sacándole
el acento. Católico profundo, quería tener en el fondo de la mansión,
una capilla propia, y pensaba tocar el clarinete al lado de la
fuente, que iba a tener en su centro un cisne que mirara para abajo,
como vigilando los peces que nadaban entre los camalotes. Quería
tener también un frontón de pelota vasca, deporte que él
practicaba honrando su origen, y que le inspiraba para la lucha,
porque la pelota, cuanto más fuerte es el golpe que recibe, más
alto sube. Cuando adolescente, allá entre las esfímeras de
Mercedes, (mariposas que viven un solo día),. le tocó quedar a
cargo de su familia, cuando murió Don Pierre. En la epidemia de cólera
del sesenta y siete, morían en Mercedes hasta cincuenta personas
por día, y allí se destacó Juan, curando enfermos, y enterrando a
los muertos, cuando la mayoría de la gente huía del contagio, y a
él, lo saludaban desde lejos.
Tenía
veintitrés años, y se había hecho colorado, inducido por la
persecución de Oribe a los extranjeros. Toma parte en la batalla de
Manantiales en Colonia, donde muere Anacleto Medina, orbista,
vencedor de la batalla de Quinteros. Idiarte Borda fue diputado por
Soriano, y como líder prestigioso llegó a ser elegido, luego de
varias asambleas calientes, para presidente.
En aquel entonces, como el voto popular tenía menos peso que
el voto calificado, de los integrantes de la Asamblea General del
Poder Legislativo, el pueblo votaba a los legisladores, y éstos al
Presidente de la República. Este sistema, duró hasta mil
novecientos veintitrés, en que se reformó la Constitución, y se
cambió la "Influencia Directriz" o caudillismo abierto,
por el sistema actual, en que también se practica el caudillismo,
pero por lo menos el pueblo tiene opinión.
Al vencer en el noventa y cuatro, su primer acto de gobierno,
fue nombrar a su amigo Federico Vidiella, como ministro de Hacienda,
y levantaron la economía, creando el Banco de la República, en una
gestión conservadora muy discutida por sus adversarios, blancos y
colorados, pero que dejó cosas positivas para le País.
Vladi miraba a su alrededor, y veía a los pájaros cuidar
vigilantes sus nidos, oía a los cuzcos defender con ladridos sus
territorios, pero la otrora lujosa verja de la mansión, con el
musgo del tiempo tapando su base, le decía que a ella no la
cuidaban. Pensó en la cantidad de tiempo, que los albañiles
dedicaron ,al alisar las molduras y el revoque con esmero, hoy rasguñado,
agrietado, golpeado y manchado por los años, mientras la reja llora
su dolor, apuñalada por el herrumbre. Las notas agudas de un piano
que se oye a lo lejos, lamentan el destino de esta joya arquitectónica,
y el deterioro que el barrio estaba sufriendo, y que Vladimir vino a
comprobar por sus propios ojos, pensando llegar hasta el arroyo
Pantanoso,
y volver por la Avenida Lanús, al parque de la francesa
Margarita Giot.
Volodia pensaba que hay construcciones que al ser patrimonio
histórico de toda la sociedad, deberían estar en manos de las
instituciones públicas que puedan mantenerlas, y pensó también en
como la familia no la pudo conservar. Pasó que Idiarte Borda, tuvo
con su esposa María Baños, seis hijos, dos varones y cuatro niñas,
de los que Juan, murió en París en su luna de miel, María Matilde
murió joven, Celia era divorciada y sin hijos, María Ester vivió
soltera, el hermano Tulio, fue el abogado que continuó con el
apellido, y su hermana María Aurelia, y tuvo ocho hijos radicados
en Buenos Aires, de
apellido
Goyeneche, en la misma ciudad que eligió la abuela para vivir sus
últimos años.
Vivieron en el castillo, las hermanas soltera y divorciada,
dejando un testamento a nombre de su hermana María Aurelia, y sus
ocho sobrinos, que fueron los últimos de la familia que lo
conservaron regular deficientemente hasta venderlo.
En la vereda de enfrente, otra mansión de dos plantas con
subsuelo, un ascensor para esa poca altura, y muchas piezas, salas
de juego, escritorios, dormitorios, etcétera, estilo colonial,
perteneciente a una de las familias más ricas de sudamérica, y sin
duda del Uruguay, dueños de la mayor fábrica de cigarrillos y
tabaco del país, con cadena de estancias y plantíos de tabaco en
Virginia y Turquía: los Mailhos.
Más adelante, dos mansiones de los Ameglio, la mayor
industria de golosinas, recordando Vladimir al señor Grondona,
paseando a caballo por el Parque de la Francesa, con aire arrogante,
amable en el saludo, que repartía a diestra y siniestra, y así fue
llegando el paseo a la esquina de la calle Caacupé, que significa
en guaraní, "Más allá del río".
Frente a la calle Caacupé, sobre la vereda norte de Lezica,
quedan aún los cuatro pilares que como los de Idiarte Borda, sostenían
un portón grande en el medio y dos chicos a los costados, más
chicos que los que el mismo Giot, había puesto en la esquina de
Lezica y Garzón, que eran grandes como los portones de Carrasco.
Aquí, los portones fueron robados, sólo queda el mudo y descuidado
recuerdo de que acá era la entrada a la mansión del fundador de
Colón, Don Perfecto Giot. Ya no queda nada de la mansión y sus
jardines babilónicos, que colgaban en terrazas de madera, que el
tiempo destruyó. Por este portón pasó alguna vez, escapada quizás,
la romántica escritora de Sayago, respirando agitadamente el aire
de la avenida de eucaliptos, inspirándose para sus poesías eróticas,
que aún hoy se admiran, en una época menos romántica y más
apurada que la que vivieron Andrés Giot de Badet y ella. Por este
portón pasó también Josefina Baker, la famosa cantante
norteamericana, radicada en París en los años de la primera guerra
mundial, que invitada por Andrés, que viajaba a París asiduamente,
y con seguridad, al estallar la guerra, la invitó a este lugar
alejado del mundo, a respirar paz, y no oír bombas, ni oler carne
quemada, oyendo benteveos, palomas, horneros, gorriones y oliendo
flores, eucaliptos y árboles frutales,
disfrutando el perfume de fresas, junquillos, libustrillos
y jazmines.
Fueron los mejores años de Colón, ya formada como villa,
disfrutaba de los beneficios económicos que la guerra le daba al
Uruguay, que exportaba extracto de carne, lana industrializada,
corned beef enlatado, latitas de paté, quesos y harina, que Europa
no estaba en condiciones de producir. Por esos mismos momentos,
mientras el padre de Vladimir, perdía
sangre en la frontera ruso polaca, luchando contra el ejército
alemán, mientras Granados y De Falla, tocaban música de su
compatriota Albéniz, fallecido en el novecientos nueve, la
tranquilidad sobraba en este lugar.
Un camino largo y angosto, de pedregullo, iba del portón al
norte, y
Volodia se acordó
que en la bajada del camino, al lado de un arroyito,
había una tumba con cruz de hierro forjado, como las
que se encuentran en algunos caminos del campo, o en antiguos
cementerios. Dicen que pertenecía a una criada de la familia Giot. También
quería ver,la sucesión de arcos de ladrillo, con una torrecita,
que mandó hacer el dueño del predio que compró a Andrés la
propiedad, de apellido Pitamiglio, aquel hombre rico que tenía su
casa en la rambla de Trouville, en el
barrio Pocitos de Montevideo, y el castillo en el cerro el
balneario Las Flores, lleno de estatuas.
Acortó lentamente los pasos hasta el lugar de la tumba, y
una fea sensación de asco y rabia se apoderó de su pecho, la tumba
había sido profanada, no había cruz, y en el lugar un pozo.
Seguramente, buscaban joyas o algún diente de oro, los bichicomes
que se estaban apoderando del barrio.
Los arcos, que estaban perfectamente hechos con ladrillos de
prensa, habían sido demolidos, quedando sólo la torrecita, los
ladrillos fueron vendidos por el ladrón
que vivía en esa calle. Por la vereda sur, ahora veía
casas, pero en su infancia, estaba la cancha de fútbol llamada
"For Ever", al lado del hotel internacional, edificio en
una planta, con techado de chapas de zinc, un porche largo cubierto
de glicinas, que con sus racimos de florcitas violetas, perfumaban
el aire, al mismo tiempo, se olían jazmines del país, que también
se enredaban en los postes del alero de aquella arquitectura
inglesa.
Vladimir había visto jugar a los campeones mundiales del
cincuenta, y recordaba, como el puntero Eusebio Vidal, al que le decían
el patrullero, se caía sobre la gente que miraba desde la línea
del corner, porque la cancha le resultaba chica. También se hacían
espectáculos culturales y simulacros de incendios, por bomberos y
policías que traían sus perros amaestrados.
En esta parte que Volodia recorre, se nota, a través de la
exhuberancia de los vegetales, que es un bajo, próximo al arroyo
Pantanoso. Decenas de pájaros de varias clases: mixtos, dorados,
ratoneras, tordos y tijeretas, una pajarera sin alambres, marcan el
lugar donde había un hotel con salón de té, donde por la tarde,
venían las familias del centro de la Capital, y los extranjeros
radicados en el barrio, principalmente los ingleses, que seguían la
rigurosa tradición del té, a las cinco en punto de la tarde. El
hotel se llamaba Tea Garden, aunque Vladimirito lo conoció con el
nombre de Montecarlo. Las mesas bajo un gran alero, estaban a
escasos metros del arroyo, que por supuesto, no olía mal como
ahora. y en el arroyo, se alquilaban botes que remaba Don Francisco
y su ayudante Valeri, que trajeados y con sombrero, deslizaban los
botes como gondoleros, por debajo del puente de la Avenida Lezica,
lugar que sirvió a muchas parejas,
para darse el primer beso, a escondidas de los padres, que
mientras, tomaban té.
A este lugar le llamaban "La Venecia del
Pantanoso". La zona navegable terminaba unos cincuenta metros
abajo, hacia Lanús, donde había una represa de madera dura, en
forma de guillotina, entre dos muros de piedra.
Por aquella época, el arroyo era más ancho y profundo, pero
los desmoronamientos de la Patria, y las casas que empezaron
aconstruirse en sus riberas, que tiraban el agua sucia, hicieron que
sólo puedan navegar las hormigas, sobre balsas de hojas de plátano,
que Vladimir se detuvo a mirar, apoyado en la baranda estilo francés,
que la gente mal educada ya
empezaba a romper. Los papeles, bolsas de plástico, latas,
esperaban que viniera la lluvia, para continuar su viaje hacia la
bahía de Montevideo, una lluvia que aumentaba el caudal, como para
que el Pantanoso merezca aún figurar en el mapa del departamento
En las orillas del arroyo que Vladi había venido a ver,
porque quería comprobar con sus propios ojos, cual era el progreso
que en cien años, había tenido el lugar, se empezaban a ver
algunas casas de latas herrumbradas, que escondían familias
empujadas por la miseria, una callecita, tan sinuosa como el
Pantanoso, lo llevó a una casa abandonada, con un par de escalones
de madera y dos columnas que habían sido blancas, que daban un señorial
marco al porche, en el que se reunían las visitas de la familia
Martínez, para tomar el té a la inglesa. Al lado, una casona
estilo normando, construida por un inglés, de los fundadores del
ferrocarril, que por supuesto, no tenía problemas económicos, y
eligió para hacer su hogar, el mejor lugar de Montevideo, para
aquella época.
Pero después, la hija, prefirió la costa del mar, y exigió
la venta por la mitad del precio que valía, comprándola un
general, que asentó allí su familia, hoy testigos del descenso
urbanístico del barrio.
Doblando a la izquierda, por la calle Lanús, volvió
Vladimir
a cruzar otro puente más sencillo que el anterior, y debajo
el agua estancada, servía de criadero de mosquitos. Si la viera
el comisario Roba! Antiguamente, era de orden que hubiera un
comisario de salubridad, con ayudante y todo. Aquel funcionario, tenía
un ayudante temible, al que le decían el Peludo García. ¡Guay con
el que tirara agua sucia!
Eran los tiempos del sargento Rivero, que murió apuñalado
entre varios malandras. Se lo podía ubicar por los alrededores de
la Tablada, último reducto de los troperos que se arrimaban con el
ganado a la capital, por el camino de las tropas.
Se
oye un saludo de campaña: Ave María purísima!. Sin pecado
concebida!, contesta una voz femenina desde atrás de una cortina de
bolsa de un rancho. Perritos y niños, corren por doquier, rompiendo
el silencio que la vegetación impone. Pasa al lado de Volodia un
carro de tablas de cajones, con ruedas de rulemanes usados, las
barandas torcidas como dos brazos abiertos que quisieran sostener
toda la carga que los arrebasa; cartones, papeles, botellas, trapos
y metales. Ya se viene la noche, y atrás del carro un hombre que lo
empuja, quiere llegar a su rancho, para salir de nuevo. - "Va
cargado, eh?" le dice Vladimir - "Y... se labura
lindo", contesta el hombre, no se sabe si quejándose u
orgulloso. -"Mire que se tiran cosas ¨eh?" le dice
Volodia. - "Si se tirará: ahora nos embromó el gobierno, ¨sabe?.
Fijó el precio del bronce, más barato que antes. Qué se le va a
hacer! Pero yo no me preocupo! Estoy seguro que va a subir el dólar,
y van a tener que subir el bronce. Por eso ahora no conviene vender.
Yo lo guardo adentro de casa, para que no me lo afanen, y cuando
suba, lo vendo." - "Entonces usted tiene los mismos
problemas que los industriales", le dice Vladimir.- "Y sí,
más bien que los comerciantes", le responde el hombre. -
"Cada cual se las rebusca como puede. ¨Usted es católico?"
- "No tengo religión", le contestó Vladi. - "Ah!
Porque acá vienen a preguntar cosas, y al final, le salen con la
política". - "No, yo ando paseando, recordando cosas.
Porque yo me crié por estos pagos. ¨Sabe?. Bueno, Chau
hermano!" le dijo y siguió el camino.
Vladimir
se quedó pensando en como la miseria económica, trae miseria
moral.
Continuó
su marcha calle arriba, hacia el monte de la francesa.
Cuando Vladito comenzó a subir la cuesta de la calle Lanús
bolso en mano, a paso cansado, un auto que de atrás venía, lo hizo
subir al cordón de la vereda, mejor dicho al cordón, porque vereda
no había. Frente a él, a ambos lados de la calle, unos vetustos
edificios de dos plantas y mucha altura, que habían sido hospital
de dementes y tuberculosos a principios de siglo, tenían nombres de
santos: Santa Fátima y San Antonio, ya que al que se llamaba Don
Bosco lo habían demolido. Eran el grupo del sanatorio Montevideo,
que también albergaba leprosos, antes que el Ministerio de Salud Pública
creara
el hospital de Hansenianos.
Estaban
rodeados de altos eucaliptos, por los que se vió correr la sombre
de una comadreja, que al atardecer salía de su cueva, exponiéndose
por un segundo al reflejo del cielo, para refugiarse en la negrura
de la oscuridad, buscando confundirse con cada sombra, para ocultar
su soledad.
Vladimir
esbozó una sonrisa comprensiva, él también era un ser viviente,
que a veces se protegía en la oscuridad conocida, ante las luces
extrañas.
Las
nubes pasaban cubriendo la cara redonda y blanca de la luna, sobre
el cielo que era de un cristal azul plateado, mientras otro reflejo
plateado sobre la calle, más el ruido
ciudadano
de un motor acelerado que empezaba a detenerse, le dieron la pauta a
Volodia que volvía el auto de
Madelón.
Ella
entreparó el motor, y lo llamó con voz coqueta:
"Vladimir!".
El por segundos se hizo el sordo, para volver a oír su nombre,
dicho por aquellos labios redonditos, y por aquella voz, que aunque
algo grave, bien femenina. Se sentía más ganador oyendo su nombre
otra vez. Ella pensó que realmente no había sido oída, porque
estaba dentro del vehículo, y se inclinó abriendo más la
ventanilla: "Vladimir, te llevo!"
Aunque
estaba a sólo dos cuadras. Vladi sintió una taquicardia, que sólo
pudo curar con suspiros, mientras la mente le trabajaba rápido él
no hablaba. Subió al vehículo y sonrió con alegría, una sonrisa
más elocuente que un discurso.
Dentro
del auto, no se sentía la brisa azul propia de agosto, y la radio
cantaba un tango con voz femenina, recia y maternal. El viaje fue
muy corto, y la conductora lo prolongó unos metros más, al borde
del parque, hasta parar cerca de un árbol caído, que amontonaba en
su tronco grueso, toda la muerte que lo había invadido. Los acordes
intensos y agudos de los tangos que salían del auto, eran acompañados
por la percusión vital de los corazones agitados. La punta de la
tarde oxidada por el invierno, mostraba unas pinceladas horizontales
de color naranja y amarillo, que se reflejaban en los ojos de Madelón,
en un color miel brillante, entusiasmados por un amor que comenzaba.
Ella se rebelaba ante las formalidades de la sociedad, y por un
momento pensó en lo que iba a hacer, y en los frenos que su condición
social le imponía, una condición que ella necesitaba, pero que no
quería.
Le
fastidiaban las frivolidades de sus amigas y los ditirambos de sus
amigos, esa mentalidad gregaria sin contenido, con frases llenas de
floripondios, y actitudes controladas por la conveniencia clasista,
gente que se preocupaba más por la limpieza de sus mansiones que
por la de sus almas.
-
No sé por qué estoy aquí!, dijo Madelón con voz apagada y
viendo como Vladimir se le acercaba cada vez más.
-
Será que uno no se propone enamorarse, sino que se descubre
enamorado. ¨no crees?. Y se acercó lentamente a curar los nervios
de ambos, con unos besos gordos y durables, que la llevaron a un
poco de locura que es amor.
Sentía
como el vértigo de un astronauta que viene volando al revés y no
se da cuenta, porque allí no existe ni el arriba, ni el abajo. Los
ojos de Madelón, transparentes como la
franqueza
, lloraron las primeras gotas de pasión y de gloria, y se transformó
aunque sea por un breve tiempo, en una mujer total. Le brotó el
tapado instinto de la especia humana. Le había llegado la hora mágica
del placer gozoso, y su cuerpo femenino generoso, en el que todo
germina y da flores de amor, recibió una gota de rocío en la rosa
abierta de esa mujer liberal, en una época sin desconfianza.
Entonces la relación cambió abruptamente.
Ella
recién empezó a pensar, que había estado con alguien casi
desconocido, y salió precipitadamente del auto, sentándose en el
tronco y mirando hacia la cañada, cuyos matorrales serpenteaban sus
orillas, mientras la luz serena, rebotaba sobre el oleaje oscuro de
la vegetación.
La
noche comenzaba a envolver todo cubriendo con misterio el parque, y
esperando en vano que los grillos dejaran de hacer sonar sus monótonos
cencerros. Una nube loca, pasó salpicando frías gotas que
pinchaban la piel.
De
pronto Madelón se abrazó fuertemente del cuello deVladimir y le
dio el beso de despedida, apasionado y largo, como para recordarlo
toda la vida. -Nos vemos!, dijo ella, dirigiéndose rápidamente
al volante.
-
¨Cuándo?, preguntó Vladimir, al tiempo que el motor arrancaba.-
-
Pronto!,
contestó ella, acelerando el vehículo, y alejándose
vertiginosamente.
Vladimir
comprendió que ese "pronto" era nunca, porque ninguno de
los dos sabía donde encontrar al otro. Mirando por donde se iba el
auto, tragándose el nudo de la garganta, y apoyando la mano sobre
el bolso que estaba en el tronco, quedó con la mirada perdida.
Cuando recordó a que venía, comenzó a arrastrar los pies, arrastrándose
así, las ganas de seguir, y empezó a recorrer el frío camino de
la soledad. Caminaba erguido de amor propio, y aunque llevaba un
bolso liviano, en ese momento le pesaba como si llevara cemento. Se
dirigió al centro del parque, en busca del viejo roble, pero el árbol
ya no estaba, porque la cuadrilla municipal, le había cortado su
tronco, para llevárselo quien sabe a quien.
Sacó
del bolso una linterna, y encontró con ella, la raíz de su querido
roble, que todavía existía, como una muela cariada, prendido del
suelo, agarrado de la pacha mama o tierra madre, hasta que el tiempo
no lo arranque. Tres metros al sur, era el punto. Sacó del bolso la
pala pocera, enroscó su mango de caño roscado, y empezó a hundir
el filo en la fértil tierra negra de Colón, buscando tocar una
piedra que no aparecía.
Corrigió
la medida con el metro, que también venía en el bolso, y entonces
vio la punta de una piedra que asomaba entre el pasto, y que la
erosión había desenterrado. Clavó la pala
bajo
la roca, y ésta se movió. Debajo estaba el paquete, envuelto en
nylon varias veces y la última envoltura, de papel de plomo, recubría
una caja metálica, ya poco engrasada, ferrujienta, y muy difícil
de destapar. Dentro de ella, bastante bien conservado, pero algo húmedo,
otro paquete que apenas cabía en la lata. Desató el hilo, y abrió
el paquete, sacando tres cuadernos de tapa negra, unas hojas sueltas
y una cruz de hierro de la primera guerra mundial, en la que se leía:
"Galipoli, 1918", en letras cirílicas.
Secó
el sudor de su mano en el pantalón, desenroscó la pala, y recogió
todo colocándolo en el bolso, dirigiéndose a un tronco que
oficiaba de banco, arrecostado en un eucaliptus que le sirvió de
respaldo, e intentó leer el contenido de los cuadernos, ayudado por
la linterna.. La humedad de condensación, había pegado las hojas,
que se rompían sólo de tocarlas. Las fechas eran correlativas,
pero debía llamarse mensuario y no diario, porque entre un día y
otro, habían
pasado
muchos días almanaque. Vladimir pensó que era lógico, ya que
trabajando en otras cosas, es difícil escribir un diario todos los
días, o no hay tiempo, o no pasa nada importante, y en cuanto a la
etapa de la vida en que se hace el trabajo, pensó en que cuando se
es joven, falta la constancia, cuando se es mayor, falta el tiempo y
cuando se es anciano, falta el entusiasmo, o se olvidan las cosas,
pero lo consideraba útil, para ver que decisiones se toman en
momentos difíciles, que pasa en otras épocas y que resultados históricos
se vieron a través del tiempo.
En
el primer cuaderno decía: "Diario de Vladimir Mijailovich
Isheieff, ex oficial del Estado Mayor del Ejército Ruso Blanco,
evacuado de Crimea por orden del Generalísimo Barón Vrangel, hacia
Galipoli, en 1918, y después desmovilizado. Marzo de 1959.
Razones
del porque de este Diario. Parecería más extraño, empezar a
llevar un diario personal, después de setenta y dos años de vida,
edad que margina con la etapa del camino hacia la última morada.
Posiblemente sea el deseo de dejar en el ocaso de mi vida algo útil,
especie de legado, a los que no han experimentado la etapa que nos
acerca al final de nuestra existencia, hacia el Reinado de Dios. Las
generaciones jóvenes, pasan su tiempo en ambientes colectivos, como
escuelas, clubes, universidades, etc., las maduras en oficinas, fábricas,
ocupados todos por sus intereses, que les resultan atractivos y
necesarios, relacionándose con gente activa y productora, todos
corriendo atrás del status, o de la subsistencia.. En la vejez, nos
quedan los hogares de ancianos o clubes de la tercera edad, porque
la comunicación es lo único que nos hace falta, a los que tenemos
la categoría de viejos. El diálogo utilitario, las observaciones
con experiencia, de los más informados y altruistas hacia los que
quieran aprovechar la experiencia ajena para ahorrar tiempo, sudor y
lágrimas, es lo que hay que dejar en algo escrito.
Seguidamente,
un minucioso análisis de la salud, desde la infancia, hasta el
momento de escribir el diario, de interés para estudiantes de
medicina, hicieron que Miguel salteara algunas hojas, hasta
encontrar una descripción del origen familiar, que le resultó
original, aunque el ya supiera bastante.
Estaba
escrito en hojas sueltas, y decía que el padre de Vladimir, había
nacido cerca de Moscú, en una estancia al este de la capital, justo
en el pantano que da origen al río Alater, afluente principal del río
Maskva o Moscú, y en una elevación cercana, rodeada de altos árboles
de hojas blancas, abedules y álamos, pinos y algún roble,
construyeron una sólida casa de troncos, sobre cimientos de piedra
ahogada, techado con pizarra, esa piedra chata, oscura, que se
superpone atada con alambres de cobre, sobre un maderamen de
listones, montados en forma escalonada, para que no entre el agua.
Dentro del hogar, una estufa de ladrillos en forma de gruesa
columna, y alimentada a leña, calienta, desde el centro de la casa
todos los ambientes. El mobiliario, de madera repujada, estilo
renacimiento, cortinados gruesos con flecos y cuerdas doradas, un
samovar en el centro de la mesa, al que ya le había desconectado la
chimenea, y mantenía con sus brasas, el agua caliente que se saca
por la canilla, y en una esquina de la sala de estar, la que está
orientada al este, por donde se levanta el sol, un icono con la
imagen de Jesucristo, teniendo en su mano una Biblia abierta, con
escrituras en hebreo antiguo, un icono pintado con ese amor que
trasuntan los rasgos de la cara divina, que las manos de un artista,
evidentemente feligrés, había pintado. Alrededor del samovar, de
bronce blanco, algunas tazas de porcelana fina, esperando ser
llenadas de té, un pastel de miel, y bizcochitos de menta, blancos
como la nieve, a los que se le podía poner mermelada de frutillas,
que espera ser comida, en un bols chino de la dinastía tang, y una
cucharita de plata con las iniciales de la familia, repujada en su
mango. En la casa vive una princesa de origen tártaro, llamada
Serafina Ischeff, y su esposo, un militar de alto grado, Mijail
Alexeievich Isheieff, con cinco hijos: Sofía, Vera, Eugenio, Vadim
y Vladimir, este último, el menor de los varones, que concurre al
colegio militar, como corresponde al hijo de un coronel.
Vladimir,
había nacido en mil ochocientos ochenta y siete, en ese citado
lugar, del departamento de Tambov. Después de cursar la Escuela
Imperial, a la que sólo asistían familias de la nobleza, pasa al
Liceo militar Alexandrov, desde donde parte en mil novecientos
siete, a la guerra contra Japón, en la División Probrayensky, y en
mil novecientos nueve, es trasladado a la Guardia Imperial, del
palacio de los zares, al tiempo que cumple tareas de inspección en
asuntos de reforma agraria, o redistribución de tierras de bajo
rendimiento. Para cuando estalla la guerra del catorce, Vladimir
Mijailovich, es abogado, catedrático de idioma ruso en el liceo
militar, y Mayor en el batallón de la Guardia Imperial. La
influencia familiar, pretende en vano, convencer a su hijo y evitar
que
el
destino asignado al militar de alto rango, fuera el frente de
Polonia, en la lucha contra los alemanes, que estaba cobrando muchas
vidas. Vladimir, empero, aduciendo derechos constitucionales que
conocía como abogado, consigue el permiso de ir al frente, donde es
condecorado por salvar a su regimiento de una emboscada, sin sufrir
bajas, y en una de las
batallas,
recibe un balazo, que le atraviesa el muslo, sin romper la vena
principal ni el fémur, dejándole dos orificios, de entrada y
salida. Otro día negro, recibe un trozo de metal
de
obús, que se le incrusta en el centro de la nuca, lo operan en la
carpa de primeros auxilios, y lo acuestan en la carpa de los
desahuciados. A la mañana siguiente, despierta tan
repuesto,
que se olvida de la herida recibida, y después de sentarse un rato
al borde de la camilla para recobrar el equilibrio, sale caminando
de la carpa, al frescor de la intemperie, lo que produce la lógica
conmoción entre las enfermeras. Curado, pasa nuevamente al frente,
y esta vez recibe gases venenosos que contaminan su cuerpo, debiendo
retirarse a la retaguardia, donde por prescripción médica, lo
mandan a las aguas termales de Narzán, con barro de azufre, por los
montes del Cáucaso. En mil novecientos diecisiete, estando
nuevamente en el frente polaco, estalla la revolución de octubre, y
es llamado a defender al zar, como correspondía a su División,
pero llegan tarde, o mejor dicho no llegan, porque al acercarse a
Moscú, se enteran que ya habían tomado el poder los
revolucionarios, lo que hace que las autoridades militares comiencen
a discutir temas ideológicos, presionados por las bases, que tienen
dos bandos bien definidos: los que están con el zar, y los que están
con la revolución. Debiendo la oficialidad, resolver el problema,
optan por dividirse en dos direcciones para no entablar una lucha
fratricida. Los revolucionarios irán hacia el norte, los fieles al
zar, hacia el sur. Al mayor Vladimir Mijailovich, el destino, y las
noticias que le llegan de su familia, asesinada por los trotskistas,
que incendiaron la "dacha" y destruyeron cuanta cosa de
valor encontraron, lo llevaron al sur, replegándose sus milicias,
hasta ocupar la península de Crimea, sobre le Mar Negro. Le surge
una oportunidad de ir solo a su casa, hacia donde se dirige
presuroso para comprobar por sí mismo, la noticia que lo aflige,
viendo al llegar, un cuadro tétrico, de cenizas y escombros, tumbas
de fieles allegados a la familia, no apareciendo rastro de sus
padres y hermanos, dos de los cuales, eran militares. Los vecinos
del lugar, no quisieron hablar, atemorizados, y sólo le dieron el pésame,
explicándole que los trotskistas incendiaron también, la fábrica
de alcohol de madera que había en sus terrenos, aduciendo que eran
bienes de la odiada burguesía, y no del pueblo. Volvió al lugar
donde se encontraba el ejército de los rusos blancos, que en
situación comprometida mantenían la Península de Crimea, y su
puerto Sebastopol, desde donde emprendieron la travesía del mar
Negro, al otrascismo, hasta el primer muelle que las olas trajeran,
que fue Galipoli en los Dardanelos, lugar en donde se distribuyó el
poco dinero que traían los soldados, en forma equitativa, sin
distinción de grado, y se hicieron una cruz de hierro y un anillo
igual, con el número de militar impreso y la palabra Galipoli 1918,
amuletos que contenían un símbolo de ayuda mutua, un juramento de
apoyo incondicional a quien tuviera el anillo o la cruz, fuera de la
Patria, en cualquier confín del mundo, y ese juramento debía
servir para ayudar también a los hijos, siempre que se reconocieran
por medio de dichos amuletos. Y así fue que se desparramaron por el
mundo, empezando Vladimir por Yugoeslavia, donde se casó por
primera vez, llenando así el vacío de su corazón apretado por la
tristeza. Y fue su primer amor, su primer luna de miel, interrumpida
abruptamente por la muerte implacable que aparece cuando nadie la
espera, llevándose a su amada que murió de pulmonía en ese crudo
invierno.
Huyó
de Yugoeslavia, como antes de Moscú, huye de la mala suerte, del
negro destino, de los tristes recuerdos, y se casa por segunda vez
en Bélgica, como para tratar de olvidar. Nace una hija, que bautiza
Sofía, pero su amor ya estaba quemado en Yugoeslavia, y sin el
amor, sobrevino el divorcio. Viaja a Francia, Inglaterra y vuelve a
París de nuevo, en busca de trabajo y futuro, pero la capital está
saturada de rusos que salieron antes, que tomaron todos los puestos
de trabajo: porteros, choferes, mozos de restaurante, como los
famosos del Maxims, que atendían a los comensales, con camisas
rusas de cuello cerrado, y deambulando por los puentes del Sena,
como quien derrocha pasos desesperado por la necesidad, acompañado
de dos amigos de similar destino, ven afiches pegados en las
pilastras del puente, que dicen: "Como Uruguay no Hay",
colocados con el fin de estimular la inmigración en este país vacío
del plata, y que el gobierno había dado instrucciones al respecto a
través del Ministerio de Relaciones Exteriores. Con sus últimos
recursos, parten los tres al famoso Uruguay, trabajando en la bodega
de un barco de carga, pero al llegar no se ve la abundancia de
trabajo, y siguen a Buenos Aires. Allí se subsistía pero, más
cara la vivienda, y la comida. Se reunieron con otros dos militares
de la misma División, que ya estaban allí, y uno les comunica su
decisión de ir a Paraguay para entrar en el ejército, pero no es
seguido por los otros cuatro, entre los cuales está el ruso Simel,
apellido de origen germano, un aventurero arriesgado, que les
propone ir al Matto Grosso a cazar fieras, para comercializar sus
pieles.
Tampoco
es seguido y se va solo, escribiendo después un libro, sobre su
vida de cazador solitario, que le permitió ganar sus buenos
cruzeiros, así como las hermosas pieles de pumas, panteras y gatos
monteses, de colores lisos y manchados. Los otros tres, vuelven a
Montevideo, se meten en un cuartucho del barrio Ciudad Vieja, y
compran su primer pedazo de pan uruguayo, en la panadería del
Puerto, del gallego Landeira, frente al Mercado del Puerto, saliendo
a buscar trabajo. Pero ¨qué puede hacer un abogado ruso, catedrático
de idioma ruso, mayor del ejército de un zar derrocado, en un país
lejano, de
idioma
distinto, de costumbres raras, como la de chupar un cañito de metal
que sale de una bola de madera, y estando sin dinero ni oficio práctico
alguno?
Sólo
el calor humano uruguayo los podía salvar, y alguien les aconseja
cargar bolsas en el puerto, para una barraca de lanas. La falta de
alimentación, de los rusos y la falta de costumbre para esos
trabajos, hizo que los peones, corpulentos, acostumbrados y
aclimatados a un verano de cuarenta grados, bajo un galpón de
chapas de zinc caldeadas,
respirando
pelusa de lana, rindieran mucho más, y por comparación
de rendimientos que al capataz se le ocurrió hacer,
marcharon afuera. Entonces uno de los tres dijo que sabía carpintería,
y entraron a prueba en un taller, él de oficial y los otros de
peones, ya que el "oficial" que sólo lo había sido en la
guardia imperial, puso como condición sin ecua non, que se les
diera trabajo de peones a sus dos compañeros. En el primer trabajo
difícil que le asignaron, otra vez, de patitas a la calle por
chambones.
Sigue
el año veinticinco, mientras París Fatal está en auge, con sus
desfiles de modas, sus restaurantes colmados, manjares, música y
carcajadas, movimiento imperante en una ciudad de moda, aquí, los
tres rusos en la piecita, subsistiendo con las flautas que les fiaba
el panadero.
Vladimir
encuentra trabajo de afinador de pianos, después de guarda frenos
de los remolques de los tranvías a caballo, que eran de dos
cuerpos, y el remolcado de atrás, debía llevar un guardafrenos,
para las bajadas. Por el año veintiséis, pasa a trabajar con los
ingleses del ferrocarril, como portero de la Gerencia de Vía y
Obras, aprendiendo el oficio de dibujante, en el que se desempeñó
hasta el momento Y entonces, se terminó la hoja suelta del diario,
y no aparecía la siguiente, quizás se había perdido, o no fue
escrita nunca. Quién lo sabrá!
Vladimir
levantó la vista, y la noche había caído maciza. A la distancia,
en la esquina donde empezaba el parque, se veían las casas que
comenzaban a prender las luces. En una de ellas, la de la verja
alta, vivía Volodia y la familia, cuando estaba completa, y una
tarde vio salir de allí, un taxímetro negro como un carro fúnebre,
que se llevó a su padre, a una
muerte
injusta, después de salvar su vida en las guerras, con todo tipo de
heridas, con cicatrices de sablazos de la revolución de Octubre,
murió por falta de higiene, en un hospital subdesarrollado, de un
país subdesarrollado, donde por un suero pasado de fecha, por una
aguja que tocó la colcha de la cama, o por los microbios que
desparramaba un mandadero, retrasado mental, que vivía en el
nosocomio, y que tanto lo usaban para sacar un cadáver a la morgue,
como para tirar la basura, y con los mismos zapatos, iba a la sala
de operaciones a avisar que llamaba el teléfono, o podrían ser las
cucarachas, que salían de los caños de las camas de hierro con
rueditas, a las dos de la mañana, cuando el silencio y
a oscuridad ocultaban sus intenciones, o por todas las cosas
juntas, una gangrena gaseosa le invadió el cuerpo, que a los
setenta y cinco años, no aguantó que le amputaran toda una pierna,
por la que la gangrena había trepado. Aunque la pierna ya estaba en
el recipiente de los desperdicios, le seguía doliendo, como si
estuviera en su lugar, mientras la frialdad cadavérica, trepaba por
la otra pierna, enfriando después el vientre, y perdiendo el
conocimiento, sólo cuando la muerte le llegó al corazón. Un rato
antes, le había pedido a Vladimir, que le trajera una hoja de
afeitar, para rasurarse, aunque la intención fuera la de cortarse
las venas. El hijo desobedeció la orden, para no ser cómplice del
suicidio.
El
lugar del monte en que estaba sentado Vladi, se había vestido de
sombra, y el humo de alguna fogata con hojas de eucaliptos, hacía
llegar su olor empujado por la brisa, mientras él abría uno de los
cuadernos vestido de luto, el aire refrescaba su amplia frente,
cruzada levemente por las primeras arrugas del entrecejo, que se
acentuaron cuando leyó unos vaticinios de su padre: "Y
terminará el siglo sin el comunismo gobernando Rusia, porque como
todas las dictaduras, aún la llamada del proletariado, se desgastará
y tendrá que irse, y
la pobreza campeará por toda la tierra, las guerras locales
sustituirán a las grandes guerras mundiales, que no serán posibles
porque destruirían el globo, y escaseará el trabajo, y los
hambrientos caminarán con sus últimas fuerzas, sin rumbo, comiendo
todo lo comible a su paso, como una invasión de langostas, y no
tendrán ni medios ni fuerza para plantar y esperar cosechas, y no
les importará la muerte, como no les importará la vida, y en otras
partes, abundarán los alcoholizados, drogados y enfermos, a los que
tampoco les importará mucho la vida, y saquearán, robarán,
asaltarán, para obtener la droga o el alcohol, y no les importará
mucho la muerte, y por acá nomás, por esta avenida Lanús, que hoy
disfrutamos tranquilamente de su belleza, pasarán hordas de
indigentes revolviendo basura, para obtener algo que les permita
seguir viviendo, y se esfumarán los sueños de Giot, que Idiarte
Borda comprendió y colaboró en hacerlos realidad con su castillo
perenne, construido como para durar toda la vida, como se hacían
los muebles, la ropa, los enseres, toda la industria, que competía
con su fortaleza, antes que el mundo fuera presa de lo ordinario, de
lo barato, de los despreciable, del use y tire, consigna que se
impondrá a fin de siglo, no sólo para los bienes de consumo, sino
como norma moral que se acostumbrará entre la gente, el use y tire
llegará hasta las familias y el amor, y los ancianos se botarán en
depósitos, donde se resignarán a esperar la muerte, como los
ancianos esquimales que se van del iglú, se internan en el lugar más
frío, se quedan quietos, y se congelan.
Vladimir
tragó saliva, que parecía más ácida que de costumbre, y el
frescor de la noche, endurecía sus piernas dobladas, que se entumecían
como la de los viejos esquimales, pero su atención estaba en los
conceptos leídos, y su cuerpo poco importaban, como el de los famélicos
caminantes, y la sangre tibiecita, sólo le entibiaba la cara,
haciendo pesados los párpados.
Y
en aquel año setenta y tres, parecía mentira una visión apocalíptica
para dentro de pocos años, y el recuerdo de la muerte de su padre,
lo hizo sentir impotente, como aquel que antes de nacer ya llora, y
se sintió chico, achicándose cada vez más, hasta llegar a ser un
punto, y después desaparecer entre la nada, una nada como la de
esos pozos que están al borde de nuestra galaxia, esos pozos llenos
de nada, que no permiten apoyarse a los vehículos espaciales que
viajan por impulso, y se los tragan para siempre en una oscuridad
perenne, esos pozos que hay que esquivar para salir de nuestro
sistema solar y llegar al de otros soles, como hay tantos, llenos de
vida, más allá de los pozos. Vladimir sintió que él era un
puntito, casi una nada...
Escritor
Vadim Korolkoff Kaverzneva.
Domicilio : Lanús 5858 Colón , Montevideo.
E-Mail: vladimir@comercialnet.com
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